El destete

El proceso del destete inicia, según he leído, en cuanto el bebé comienza a consumir otros alimentos. Esto quiere decir que no es un proceso que dure un día, ni siquiera un mes. Aún así, estoy segura de que muchas madres que hemos amamantado, sobre todo aquellas que pasamos los dos años, nos preguntamos cuándo y cómo se dará el destete, el destete final.

León y yo todavía no estamos ahí, pero sí que estamos en una etapa muy próxima.

Ya he escrito antes que jamás me imaginé amamantando después de los dos años, mucho menos después de los tres. Pero llegamos a los tres y, por momentos, me parecía que él mismo me iba a decir “ya no, mamá”. De hecho, lo hizo un par de veces. Un par de veces en que prefirió seguir jugando, o ver videos, o comer o tomar otra cosa. Uno de esos días dijo que quería quedarse a dormir en casa de sus abuelos, y lo hizo sin mayor problema, con todo y que sabía que yo tardaría en regresar por él porque mis horarios de trabajo fuera de casa ya son más amplios.

Pero se quedó y no tuvo mayor problema.

Con todo, había otros días en que parecía justo lo contrario: no deseaba hacer otra cosa que andar pegado a la teta.

De pronto sentí que necesitaba darle un empujoncito. A ver qué tal. Y aproveché las vacaciones de verano, en que estamos juntos todo el día, para proponerle que intentáramos dejar la teta solo para la noche, solo para dormir. Y él aceptó.

No lo niego: ha habido ocasiones en que la tentación de darle teta es mucha. Porque definitivamente no hay nada que tranquilice más y tan rápido que la teta sin importar el estado del niño: enojado, triste, frustrado, con mucha energía, con necesidad de atención, cansado, con hambre, con sed, con sueño, con ganas de aprender algo nuevo, aburrido, recién caído…

De su parte, también ha habido momentos en que manifiesta que lo extraña y me pregunta por qué ya no.

Pero, para mi sorpresa, lo ha sobrellevado bien. Acepta otros alimentos a cambio (por ejemplo, arándanos o fruta en trozos para ver sus videos) y otras bebidas si tiene sed (tés tibios o agua). Yo procuro abrazarlo y acompañarlo mientras consume esos alimentos, porque no quiero que sienta que ya no estaré ahí, quiero que siga sintiendo mi cuerpo. Y acepta juegos cuando lo que tiene es aburrimiento o necesita mi atención.

Creo que a muchos niños les hace falta eso: contacto físico. Incluso niños que parecieran estar en situaciones de privilegio. Como tallerista y como compañera de juegos me ha llamado siempre la atención esa necesidad que tienen los niños de pegarse, de tocarme con su pie, de recargar su cabeza: de tener contacto, en fin.

Creo que nunca se abraza demasiado.

Pero sí que lo he notado más sensible. Llora más cuando se cae o se pega, requiere de más abrazos y besos, está más susceptible a mis estados de ánimo y se preocupa si me nota tensa o triste o molesta, y lo mismo con su padre. Me pide ayuda para cosas que ya hacía solo, como ponerse los zapatos o desvestirse.

Y, por otra parte, he notado lo contento que se pone cuando se da cuenta de que puede hacer algo nuevo o si alcanza lugares que antes no.

Así que bueno, no nos ha ido tan mal.

Llevo dos semanas de volver al trabajo y todo ha seguido más o menos en el mismo tono.

Por lo pronto, creo que me siento más cómoda así. Y me alegra que él también pueda decirme cómo se siente.

 

Amamantar: ¿después de los tres años?

Pues ahora sí he que superado cualquier expectativa y que me he desprendido de cualquier prejuicio que pudiera haber tenido sobre la idea de amamantar a un niño después de los dos años.

Hemos llegado al tercer cumpleaños de León y continuamos con la lactancia materna.

Confieso que sí, que a veces sí digo: ya ha sido suficiente, y que empiezo a tomar algunas medidas para acelerar el destete. Pero lo cierto también es que en realidad, fuera de las miradas inquisidoras y los comentarios de familiares sobre que ya es momento de destetar a ese niño, no tengo ninguna razón personal para destetar.

Las tomas son cada día menores en cantidad y en duración. Amamantar sigue siendo el método más efectivo para que todos tengamos noches de sueño reparador y continuo. Y cada vez que lo amamanto, puedo ver que todo su ser me lo agradece, lo mucho que significa para él, y lo mucho que significa para mí: puedo sentir el efecto de la oxitocina que me calma y me renueva como madre una y otra vez. En suma: puedo ver que a los dos nos hace tanto bien, que no veo razón de ponerle fin a algo tan hermoso y tan benéfico para ambos.

Y aquí seguimos.

Amamantar después de los dos años

Llegaron los dos años y todos, inclusive yo misma, nos preguntamos si León y yo continuaríamos con la lactancia materna. Por mi parte, investigué más a fondo sobre la lactancia después de los dos años y sobre el destete. Quise poner en práctica muchos de los consejos para un destete respetuoso, uno de los cuales propone no negar pero tampoco ofrecer. Sin embargo, en muchas ocasiones me vi a mí misma ofreciendo el pecho: para que se calmara porque estaba muy frustrado o porque estaba muy cansado (en ese cansancio particular de los niños pequeños que parece tener el efecto contrario al esperado). Entonces me relajé un poco y dije: bueno, si nos funciona todavía, sigamos.

Y seguimos.

Entre la primera mitad de este tercer año (de 24 a 30 meses, aprox) la lactancia materna me ayudó a sobrellevar la etapa de los berrinches.

Avanzada ya la segunda mitad (de los 30 a los 32 meses donde estamos), he encontrado que la lactancia se ha vuelto de lo más fácil. Es más, me atrevo a decir que es la etapa más fácil en cuanto a lactancia se refiere: ya no estoy todo el día amamantando, las tomas son cada vez menos frecuentes y de menos duración; mi hijo es capaz de esperarse y de entender si no puedo o no deseo amamantarlo en un momento determinado (porque estoy ocupada o tengo que irme al trabajo –he vuelto al trabajo fuera de casa–, porque no estoy en un ambiente favorable para amamantar en público –y menos a un niño de dos años–, porque traigo una prenda con la que es difícil amamantar, en fin); él mismo propone sustitutos si desea alimentarse o hidratarse pero también desea seguir en alguna actividad, y, sobre todo, es capaz de verbalizar lo que significa la teta para él.

No sé hasta cuándo seguiremos o qué pase mañana, pero cada día que pasa recuerdo lo afortunados que somos de vivir esta experiencia juntos, como familia: papá, mamá y bebé.

Amamantar: tiempo para enamorarse

Celebro nuestros dieciocho meses de lactancia materna.

Definitivamente, existen momentos de tensión, de agobio, de cansancio y hasta de duda en esto de ser padres. Sobre todo el primer mes de vida de mi hijo, recuerdo que había momentos en que me preguntaba si algún día podría hacer otra cosa que no fuera amamantar, recuerdo que había momentos en que me chocaba que, como si fuese a propósito, justo cuando yo tenía hambre mi bebé también, y lo mucho que me costaba regresar a mi plato con los alimentos ya fríos, sobre todo si se trataba del desayuno que muchas veces ya era más bien comida. Recuerdo también esos momentos en que me decía que haría mi mejor esfuerzo por llegar a los seis meses, sólo seis meses, y después ya vería.

Y, pese a lo largos que parecían esos momentos, mucho antes de lo que imaginé amamantar se convirtió en una práctica que me ha dado horas que se cuentan entre las más felices de mi vida.

Amo amamantar.

Ya en otras entradas he escrito que amamantar ha sido, para mí, un tiempo para pensar, un tiempo para enseñar y aprender, y hoy quiero compartir que es también un tiempo para enamorarse. O, mejor, para re-enamorarse.

Ahora que mi bebé entra totalmente en la categoría que en inglés de conoce como toddler, amamantar es un momento de reencuentro y de relajación que disfruto con agradecimiento tanto en los momentos buenos como en los momentos difíciles.

Y es que sí, con un niño que ya puede acceder a prácticamente todos los rincones y cosas, ávido de explorar el mundo y necesitado de atención, por supuesto que hay momentos de agobio en que pareciera que uno no puede dejar de vigilar, de distraer, de mantener un nivel alto de energía y entusiasmo y de decir “¡no!”. Y casi como en automático, mi hijo dice: “¡Teta!”, y al tomarlo en brazos y oler su cabecita, y con el maravilloso efecto de la oxitocina que viene con la leche, recupero el centro, me siento enamorada: es un bebé, es mi bebé. Me necesita. Y yo lo amo.

Y entonces todo vuelve a verse no sólo más fácil o llevadero, sino como lo que es: una maravillosa experiencia, una encantadora oportunidad, un extraordinario reto que exige lo mejor de nosotros mismos.

Sobre el aborto

Cualquiera que tenga un poco de sensibilidad y que se tome el tiempo para escuchar sin prejuicios puede descubrir que las historias de mujeres que decidieron abortar en algún momento de sus vidas pueden estar mucho más cerca de lo que imaginamos. De hecho, la práctica parece ser tan extendida, que podemos encontrar sus huellas en las recetas caseras que existen en tantas culturas -por ejemplo, la gobernadora aquí en Nuevo León-. Es decir, se trata de información que ha pasado generación tras generación, conocimientos compartidos por mujeres, entre mujeres, cuando alguna se encontraba en una situación de auxilio. Contrario a la asociación del aborto con mujeres solteras, y como muchos otros conocimientos femeninos ancestrales, el del aborto pertenece a la esfera de las mujeres casadas y con hijos.

¿Por qué una mujer casada y con hijos se vería en la encrucijada de abortar o no? Las razones pueden ser variadas, pero he encontrado que en el fondo se resumen en que la mujer toma consciencia de que no tiene las condiciones mínimas requeridas no sólo para recibir al nuevo ser sino para criarlo. Estas condiciones incluyen no sólo las que atañen al aspecto financiero, sino también la propia salud de la madre, las condiciones generales del feto, el tiempo (ah, la percepción del tiempo cambia tanto cuando se tiene un niño pequeño, multiplíquenlo ahora por dos o tres o cuatro o nueve niños) y, debe decirse, las ganas de otro bebé, es decir, el aspecto emocional.

En otras palabras, el instinto de la madre le dice que no es una buena idea traer ese bebé al mundo.

Desde un aspecto estrictamente biológico, se sabe que el cuerpo de la madre tarda unos dos años en recuperarse por completo de un embarazo. Si la mujer se embaraza antes de esta recuperación, tiene muchas más probabilidades de tener complicaciones durante la gestación tales como placenta previa, así como falta de nutrientes esenciales para el buen desarrollo del feto (máxime en esos años donde los cuidados prenatales eran prácticamente inexistentes). Aumenta también la probabilidad de tener un parto prematuro y, en general, pone en riesgo la salud de la madre y del bebé.

Y si se están preguntando en este punto cómo es que una mujer con experiencia sobre la concepción puede embarazarse sin haberlo planeado, eso refleja que les hace falta mucho camino por recorrer en lo que a sensibilidad y empatía se refiere. Una de las cosas que le debemos a la revolución sexual fue el control sobre la decisión de cuándo tener relaciones sexuales. Sí: esto quiere decir que nuestras madres, nuestras abuelas y bisabuelas no tuvieron siempre este derecho. Bastante cruel, ¿no es cierto? Y si a ello le sumamos que, luego del embarazo, y sobre todo si se amamanta, la mujer tiene sequedad vaginal, no quiero ni imaginarme lo que debieron sufrir solo porque debían complacer a su esposo (afortunadamente ahora es mucho más fácil no sólo conseguir lubricantes, sino que una mujer manifieste que los necesita… Espero).

Esto significa también que los embarazos no deseados y las violaciones no sólo se dan fuera del matrimonio o son exclusivos de cierto grupo social o generacional.

A lo que quiero llegar aquí es que esas madres que deciden o decidieron que abortar es la mejor opción, guiadas por su instinto, toman una decisión no solo por su propio bienestar, sino por el de sus familias.

Es común que en las discusiones a favor del aborto el principal argumento es que la mujer es dueña de su propio cuerpo y, por lo tanto, las decisiones sobre su cuerpo le competen sólo a ella. Pues bien, yo voy más allá, y creo que estar a favor del aborto es promover una paternidad responsable. Es tener, insisto, un poquito de sensibilidad hacia el otro.

Y creo que esto puede sustentarse desde una perspectiva más integral con los trabajos de John Bowlby (trabajos que, irónicamente, fueron criticados por algunas esferas del feminismo), un psicoanalista inglés, notable por su interés en el desarrollo infantil y sus pioneros trabajos sobre la teoría del apego.

Para muestra, recomiendo leer “Cuidados maternos y salud mental”, una recopilación realizada por Bowlby a petición de la Unicef luego de las guerras mundiales.

A grandes rasgos, lo que Bowlby encuentra es que la presencia constante de la madre, o de un cuidador principal con quien el niño pueda establecer una relación de apego, es muy importante para un óptimo desarrollo general del niño en todos los aspectos, tanto fisiológicos como emocionales, y de ello dependerá su bienestar futuro, paralelamente, tanto en su salud física y mental general como en su capacidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias.
Él resume cómo, en varias investigaciones de diversos países, existe una constante y es que la privación de los cuidados de la madre (sea ésta por fallecimiento, abandono, enfermedad, jornada laboral excesiva o, inclusive, presencia sin un real interés y cuidado en el niño), provoca en el infante deterioros en su salud física, cognitiva y emocional, y afectan, muchas veces de manera irreversible, su capacidad para relacionarse con otros.

Los efectos de la privación materna son más graves cuanto más pequeño es el infante, a pesar de que el bebé no pueda expresarlo y aparente “acostumbrarse” y aceptar pasivamente tal privación.
Bowlby y muchos otros encontraron que esto había en el fondo de cientos de casos de delincuencia juvenil y conductas psicópatas. Y no me refiero con esto sólo a asesinatos o crímenes muy visibles, sino que en general el sujeto pierde la capacidad de establecer relaciones profundas con los otros. En otras palabras, le da lo mismo lo que suceda con los demás. Imaginemos ahora qué pasa si este sujeto tiene una posición laboral cuyas responsabilidades implican tomar decisiones que afectan a otros. Por otra parte, esto me recuerda un caso tratado en Freakonomics que, si bien tiene sus controversias, te pone a pensar.

En todo caso, creo que es necesario distinguir entre un embarazo no planeado de un embarazo no deseado. Aunque abogo por una paternidad planificada, claro que no es lo mismo aceptar con amor la llegada imprevista de un nuevo ser, que aceptarlo por obligación y sin la más mínima intención de cuidar realmente a ese bebé, o con el deseo -inconsciente o consciente- de deshacerse de él a la menor oportunidad. Sea que esto signifique un abandono completo, o algo más sutil como pagar a un tercero para que se ocupe del niño en todo momento y lugar, o el mayor tiempo posible.

Trabajar desde casa con un bebé: algunas buenas prácticas

Recientemente escribí una entrada con un título similar, y me di cuenta al poco tiempo que el título prometía dar consejos o por lo menos hablar un poco más de lo que significa concretamente trabajar desde casa con un bebé o un niño pequeño, y no una reflexión general sobre el tema. Así que aquí va esta entrada para compensar lo anterior.
Como verán, ya casi voy a cumplir año y medio trabajando en estas condiciones, unos meses dedicada enteramente a trabajos del hogar y el cuidado de mi hijo, y otros combinando estas actividades con otras remuneradas. Les comparto algunas prácticas que me han funcionado:

1. No tener horarios. He leído en algunas páginas el consejo contrario, es decir, acatarse a horarios fijos. Creo que esto depende de cada quien. Antes de que naciera León, pese a que mi condición como estudiante de doctorado de tiempo completo me permitía ya el lujo de determinar mi ritmo de trabajo, me funcionaba trabajar con un horario como de oficina. Por el contrario, desde que nació León me funciona más olvidarme, en lo posible, del reloj. Pensar en horarios me estresaba mucho, simple y sencillamente porque era imposible seguirlos. Así que un día decidí que no importaba si mi día empezaba a las nueve o a las diez de la mañana, si me bañaba por las mañanas o por las noches, si el almuerzo casi parecía comida de tan tarde, si un día avanzaba en mi tesis en la mañana y otro en la tarde y otro mañana y tarde y otro sólo prendía la computadora y la dejaba en reposo todo el santo día. Acepté que hay días en que tu hijo te necesita, y otros en los que duerme más o prefiere jugar solo y puedes avanzar en tus otros pendientes.

2. Juntas virtuales. A pesar de que las personas con quienes tenga que reunirme vivan en la misma ciudad, las juntas virtuales me resultan más efectivas. Así, me ahorro el tiempo de los traslados, la estacionada y el que tengo que ocupar para preparar lo necesario para que alguien más se quede con León. De cualquier manera ocupo que alguien lo cuide mientras dura la videollamada, pero es menor y estoy más a la mano en caso de que se requiera. Esto era más necesario los primeros meses en que estábamos con LME, pero como sea es útil. También he notado que la plática del preámbulo dura menos. En cierta forma, esto significa menos socialización con los otros, pero en definitiva suelen ser juntas más efectivas laboralmente hablando.

3. O una cosa u otra. He tenido que aceptar que no se puede todo. Si quiero preparar yo misma desayuno, comida y cena, por ejemplo, tengo que saber que ese día no haré nada de trabajo remunerado. Y al revés, si necesito entregar un trabajo, entonces es preferible comprar comida hecha y simplificar desayuno y cena. Algo similar pasa si mi bebé está particularmente inquieto. He notado que se queda más tranquilo si me ve haciendo limpieza que si me ve delante de la computadora. Así que si un día no me deja hacer nada que implique computadora, mejor lo dedico a limpiar o lavar ropa. O de plano a jugar con él y, de paso, estimular su aprendizaje y enseñarle algunas cosas básicas como guardar los juguetes al terminar de usarlos, o acompañarlo en su proceso de socialización con otros niños de la cuadra.

4. Cambiar de ambiente. He notado también que León suele ponerse más inquieto si pasa mucho tiempo en un lugar, particularmente en la estancia donde tengo mi escritorio. Así que a veces mis actividades se convierten en una especie de rally. Barro aquí, ordeno allá, leo aquí, edito allá. El uso del ipad y de aplicaciones para editar como Pdfnotes, Pages, o para llevar mis documentos simultáneamente como Dropbox y iCloud me han servido mucho.

5. Involucrar a mi hijo en mis actividades. Esto es más fácil, dada su edad, en las tareas de la casa. Y uno tiene que aceptar que su ayuda es, bueno, peculiar. Pero aquí lo importante es hacerlo parte del equipo familiar, y no tanto qué tan bien sacudido queda o si tenemos que volver a barrer.

6. Trabajo en equipo y comunicación. Mi pareja y yo, desde siempre, participamos en todas las tareas y nos ayudamos también en nuestras actividades laborales. Con la llegada de León, durante los primeros meses él básicamente se encargó de la limpieza porque mucho del cuidado del bebé dependía de mí. Pero cumplido un año y sin un trabajo estable, yo sentí que ahora la responsabilidad de la casa era más cosa mía, cosa que me estresaba demasiado. Tuve que aclarar mi mente, identificar por qué sentía esto y, sobre todo, ser muy clara para pedir ayuda. Si uno no dice “necesito que hoy o mañana me ayudes en tal cosa” es difícil que el otro adivine nuestros pensamientos. Ahora hemos vuelto a como hemos sido siempre: los dos colaboramos en lo que se necesita, lo mismo cambiar un pañal que lavar un plato o editar un texto.

7. Ser realista. Esto significa no aceptar más trabajo del que soy capaz de manejar y, de entrada, no aceptar proyectos con calidad de urgente. Suena fácil, pero yo estaba acostumbrada a estar involucrada en muchos proyectos a la vez y, de igual forma, las personas estaban acostumbradas a un ritmo de trabajo de mi parte que ya no me es posible mantener. Así que constantemente tengo que recordar este punto.

8. Dormir bien. Hay personas que pueden dormir cuatro horas y seguir con sus días, pero yo no soy de esas. De nada me sirve pretender trabajar por las noches si al día siguiente voy a estar de mal humor. Entonces, decidí que es mejor tener una mamá descansada. Así, además, soy más productiva y estoy más concentrada en esos minutos en que puedo dedicarme a pendientes laborales.

9. Entender que mi prioridad, en este momento, es mi hijo. Mi hijo llegó porque así lo decidimos y deseamos su padre y yo. Más: cualquier hijo, planeado o no, llega al mundo porque así lo deciden sus procreadores. Uno debe estar consciente del compromiso que adquirimos al decidir traer un bebé a este mundo, y responder a él. En términos prácticos, esto a veces significa rechazar un proyecto tentador y prometedor para nuestras carreras profesionales, pero que sabemos significaría dejar en segundo lugar a nuestra vida familiar. Menos dramático, significa también darme tiempo para llevar a León al parque o, por lo menos, para jugar con él un buen rato todos y cada uno de los días. De esta manera, él también está más dispuesto a tener paciencia y esperar a que llegue el momento de salir a jugar, porque sabe que efectivamente ese momento llegará y no son promesas vacías. Por otra parte, me permite disfrutar libremente, sin culpas ni presiones, la alegría inmensa de compartir estos días con mi pareja y mi hijo.

Trabajar desde casa

Combinar el trabajo con la paternidad no es fácil, en cualquiera de sus combinaciones: sea que uno decida trabajar en la casa, trabajar con remuneración desde casa o trabajar con remuneración fuera de casa. Cada una tiene sus retos, sus altas y sus bajas. Cada una conlleva sus momentos de duda: ¿estaré haciendo lo correcto?

Pero si algo se aprende en esto de ser mamá y papá es que eso de lo correcto… nunca se está seguro de qué es.

Pero henos aquí: hoy mi familia y yo cumplimos dieciséis meses de trabajar desde casa para amamantar y –ahora lo veo– para criar en libertad.

No, no siempre es fácil. Y no, no siempre me siento tan segura de mis decisiones. Pero lo cierto es que esos momentos de duda y de cansancio terminan siempre por reforzar mi convicción de criar a mi hijo yo misma. Y lo cierto es que jamás había tenido tan bajos niveles de estrés en mi vida adulta.

Antes, cuando practicaba Tai Chi, sentía cómo se relajaba todo mi cuerpo y dejaba ir el estrés. Ahora, sólo siento el agradecimiento de mi cuerpo por estirar y fortalecer mis músculos, pero no siento la dureza que antes siempre estaba ahí.

Justo ahora estoy por comenzar una nueva etapa: luego de que este semestre fue de pausas, de trabajos eventuales, de dedicarme mucho más a mi hijo y a la casa, regresan mis ganas de reincorporarme a la investigación y a la creación.

Sí: mi sueño dorado era conseguir una beca para escribir que me permitiera quedarme en casa con León y hacer esas dos actividades que tanto me gustan sin tener que preocuparme por las cuentas por pagar: No quiero nada, ¿verdad? Pero no se dio.

Ahora, si deseo reincorporarme a la investigación tengo que reincorporarme a la academia, y eso significa dar clases. En agosto, si todo sale bien, tendré un grupo en la universidad. Un grupo. Suena poco, pero a veces siento un poco de miedillo de ver cómo será este regreso al mundo laboral más formalmente.

De cualquier manera, mi pareja y yo hemos decidido que continuaremos como hasta ahora: criando a nuestro hijo entre los dos, trabajando desde casa el mayor tiempo posible.

Amamantar: tiempo para aprender

Luego de cumplir el año, León se muestra cada día más interesado por aprender todo del mundo. Uno de sus pasatiempos favoritos consiste en señalar objetos para que su padre o yo le digamos el nombre correspondiente. Y esto lo ha hecho con más insistencia durante sus tomas diurnas y, sobre todo, en la toma antes de dormir.
Como se imaginarán, lo que señala mientras mama son diferentes partes del rostro, ya sea el mío o el de él. Así, a estas alturas ya sabe cuál es la nariz, la frente, los labios, los dientes, la lengua, los pies, las orejas, las mejillas, el cabello, la cabeza, el pecho y el cuello.
Eso me dio una idea para esta entrada: amamantar también es un tiempo para aprender.
Sí: confieso que hay días en que yo misma siento que quizá tengan razón cuando me dicen que amamantar me quita mucho tiempo. Pero hace poco, cuando su abuelo le preguntó dónde está la nariz y él señaló su nariz sin titubeos, la sorpresa del abuelo creció a la par que una sensación de satisfacción y orgullo que, sin duda, muchas madres conocen.
Entonces me doy cuenta de que no es que me quite tiempo, sino que toma tiempo. Pero, caray, ¿que acaso no está en la naturaleza de los niños necesitar tiempo y atención por parte de su cuidador, máxime si son sus padres? Quizá si tomara en biberón podría tumbarse a ver la tele y yo podría hacer otra cosa. Quizás no. Pero quizá también mi hijo requeriría más tiempo y más atención en otros momentos.
Lo que sé ahora es que amamantar, si bien toma su tiempo, me permite aprovechar nuestro tiempo juntos, pues no sólo se trata de alimentar, sino de reforzar nuestro vínculo, de aprovechar cada instante para decirle que lo quiero y, ahora, de redescubrir el mundo junto a él.

Lactancia materna, crianza y género: a propósito de una campaña

Ya es bien conocida la polémica que desató la campaña del Gobierno del Distrito Federal para fomentar la lactancia materna. En el camino, me tocó escuchar y leer todo tipo de comentarios, desde aquellos que defendían la campaña hasta aquellos, los más, que la criticaban por considerarla machista e irreal. Como madre que amamanta a su hijo desde hace ya quince meses, beneficiaria de La Liga de Leche y colaboradora del sitio lactivistas.org, no puedo ignorar el asunto.

En general, tanto la campaña misma como las críticas que suscitó reflejan la poca información que existe sobre la lactancia materna y todos los mitos que, en cambio, la rodean. Con todo, dos cosas hay que reconocerle a la campaña: logró que se hablara del tema mucho más de lo que se había visto con esfuerzos similares y, aunque no tengo estadísticas al respecto, sí creo que hay más probabilidades de que una mujer joven quiera parecerse a Camila Sodi, por ejemplo, que a una mujer que no conoce y que se ve más o menos como el promedio. Ahora bien, estoy de acuerdo en que uno de los errores de la campaña es que las fotos se prestan a la asociación sexual de los senos femeninos, que es precisamente uno de los grandes tabúes que dan tanta lata cuando se amamanta en público, máxime cuando el lactante en cuestión sobrepasa los doce meses de edad. Mucho pueden aprender de la campaña Be a star, que dirigen mujeres jóvenes en Inglaterra y la cual logra, con mayor éxito en mi opinión, mostrar que amamantar puede tener mucho de glamour y empoderamiento femenino si de eso se trata.

Pero mucho más me sorprendieron las críticas. Mencionaré un par de ellas.

Una de las críticas que más encontré fue el hecho de que la campaña no parecía respetar el derecho que cada madre tiene de amamantar o no a sus hijos, o bien que es una decisión privada que no compete al Estado. Definir dónde está el límite entre lo público y lo privado es peliagudo: pero venga, si se trata de una decisión privada, que sea una decisión informada, y entonces descubriremos que no da lo mismo amamantar que no hacerlo. Podemos empezar tan solo con la amplia recopilación Cuantificación de los beneficios de la lactancia materna: reseña de la evidencia (a la que ya antes he referido), realizada gracias al apoyo de diversas instituciones y organizaciones tales como la Organización Panamericana de la Salud, entre otras, y que, como su nombre lo indica, contiene una serie de reseñas de investigaciones científicas realizadas en diversas partes del mundo sobre los efectos de la lactancia materna en la morbilidad y la mortalidad infantil, el desarrollo intelectual y motor, enfermedades crónicas tales como la diabetes y la hipertensión, la salud de la madre y los beneficios económicos que se asocian con su práctica.

Lo cierto es que, en sus casi doscientas páginas, una y otra vez es posible observar la tendencia que confirma, estudio tras estudio, que nada puede igualar los efectos positivos de la leche materna tanto en los niños como en sus madres y, más allá, en sus familias y comunidades. Quizá para una mujer que esté leyendo estas páginas no queda claro el impacto de la lactancia en la comunidad, pero para estratos sociales más bajos, fomentar la lactancia materna significa una menor tasa de mortandad entre niños menores de cinco años (hasta un 40% de acuerdo con la Unicef), menor frecuencia de enfermedades y alergias y, por lo tanto, menor gasto en visitas a médicos, hospitales y medicamentos, y mayor ahorro en tanto que no se necesita gastar en biberones o leche artificial.

Además, los bebés amamantados en libertad, cargados frecuentemente y que duermen con sus padres, son bebés que tienen un menor riesgo de presentar desórdenes emocionales en su vida adulta.

Existen también otros estudios, como el de Macías-Carrillo y otros autores, que demuestran que un bebé alimentado con biberón tiene mucho más riesgo de padecer diarreas agudas, independientemente del nivel socioeconómico en el que se desarrolle. Esto significa, efectivamente, que alimentar con biberón es un riesgo, sobre todo en los tres primeros meses de vida del bebé. De hecho, existen recopilaciones de estudios sobre los riesgos que conlleva alimentar a un bebé con leche artificial, los cuales incluyen una mayor propensión al asma, a alergias alimenticias, enfermedades respiratorias en general, mayor riesgo de cáncer y otras enfermedades crónicas y menor desarrollo cognitivo.

Cuando la promoción de la lactancia materna se hace desde esta perspectiva, muchas madres que, por diversas circunstancias, no pudieron amamantar a sus hijos suelen sentirse juzgadas. Pero no se trata de un juicio moral: es mera evidencia. ¿De dónde viene la interpretación moral? Me aventuro a pensar que la respuesta tiene que ver con varias estadísticas que aseguran que, si bien la mayoría de las personas consideran que es mejor la leche materna y que la mayoría de las madres desean amamantar a sus hijos, los números caen dramáticamente luego de las seis semanas de vida del bebé, lo que coincide, por otra parte, con la finalización del permiso por maternidad que suele darse en los trabajos formales. Es decir, las madres desean amamantar, pero el ambiente que las rodea no favorece esta práctica: ya sea porque no contaron con el apoyo necesario para superar algunos obstáculos frecuentes (grietas por una mala postura, obstrucciones que derivaron en mastitis, poco aumento del peso del recién nacido por un mal acomodo del bebé, en fin), sea porque se vieron envueltas en mitos (tu leche no lo llena, déjalo llorar, dale un chupón, etcétera), o ya sea porque a su vuelta al trabajo no encontraron facilidades para continuar con la práctica, tales como la falta de lugares y horarios propicios para extraer y almacenar la leche materna.

En este sentido, y concentrándonos en México, si en nuestro país, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública, las enfermedades crónicas tales como la obesidad, la hipertensión y la diebetes aumentan su prevalencia y su porcentaje como causa de mortalidad, mientras que enfermedades asociadas a la desnutrición prevalecen por encima de los niveles observados en otros países con ingreso similar al nuestro, a pesar de los esfuerzos para contrarrestar ambos fenómenos, se espera que se tomen medidas para prevenir tanto lo uno como lo otro.

Entonces, si el Estado promueve campañas pro lactancia materna y legislaciones que la favorezcan, en realidad está haciendo su trabajo: en lo que atañe a la salud pública, por un lado, y protegiendo los derechos laborales de sus ciudadanos, por el otro, específicamente los derechos laborales de las madres.

Otro de los comentarios que leí fue que la citada campaña refuerza la idea de que la crianza es cosa de mujeres, y que deberían informar y promover que los padres alimenten a sus hijos con leche materna extraída. Esta crítica me parece por demás desafortunada. Refleja, a mi juicio, un pobre entendimiento de las necesidades de un bebé y un limitado concepto de familia.

Un bebé no sólo necesita ser alimentado, necesita que lo carguen, que lo bañen, que lo limpien, que le canten, que lo estimulen, que lo acompañen y, luego de los seis meses, que lo inviten a descubrir toda la gama de texturas, sabores y olores que ofrecen otros alimentos. El vínculo afectivo entre el bebé y el cuidador que no amamanta (padre, otra madre, abuelo, abuela, tía, hermano, etc.) puede darse de múltiples maneras.

Y es más, toda la dinámica familiar es mucho más compleja. Daré un caso concreto: en prácticamente todo el primer año de vida de mi hijo, la limpieza de la casa recayó en mi pareja. Esto, que a primera vista parecería no tener nada que ver con la lactancia o la crianza, tuvo un fuerte y positivo impacto en ambos: tuve la fortuna de amamantar con plena libertad, y un ambiente de tranquilidad se refleja en un bebé más tranquilo. En efecto, el estrés en la madre provoca que los niveles de cortisona, la hormona del estrés, suban en el niño, lo amamante o no, porque es un instinto de supervivencia: el bebé desconoce la causa del estrés; para él, la situación estresante significa peligro, y actuará según le dicta su instinto para sobrevivir: hará lo necesario, llorar sin parar si es preciso, para permanecer al lado de su madre o de su cuidador.

Algunas críticas asociaron la lactancia materna y su promoción al refuerzo de ciertos estereotipos sociales, cuando en realidad apoyar a la madre que amamanta implica un mayor involucramiento de la pareja en todo lo que se refiere al cuidado del hogar y la crianza de los hijos, máxime si hay hijos mayores en la familia.

Pensar que el amamantar frena el desarrollo intelectual y laboral de la madre me parece un profundo error y un desconocimiento total de lo que significa e implica su práctica. Y diré más: considerar que la equidad de género y que el desarrollo de la mujer sólo puede darse por la vía laboral restringe el tema a una lógica del capital donde sólo se es valioso si se produce, y si lo que se produce genera riqueza. Vale la pena cuestionarse si no deberíamos empezar a pensar diferente.

Lactancia materna, colecho y cognición (parte 2)

Ya en una entrada anterior hablé un poco sobre algunos estudios relativos al tema, y me enfoqué en un número de Clinical Lactation sobre algunas técnicas de crianza que recomiendan dejar llorar al bebé para acostumbrarlo a dormir solo o a tener horarios en su alimentación. En esta ocasión quiero concentrarme en los efectos que tiene la lactancia materna en libertad que incluye, en su definición, la práctica del colecho y el amamantar a libre demanda.

Sobre el tema, les recomiendo la amplia recopilación Cuantificación de los beneficios de la lactancia materna: reseña de la evidencia, realizada gracias al apoyo de diversas instituciones y organizaciones tales como la Organización Panamericana de la Salud, entre otras, contiene una serie de reseñas de investigaciones científicas realizadas en diversas partes del mundo sobre los efectos positivos de la lactancia materna en la morbilidad y la mortalidad infantil, el desarrollo intelectual y motor, enfermedades crónicas tales como la diabetes y la hipertensión, la salud materna y los beneficios económicos que se asocian con su práctica.

Uno de los aspectos valiosos, a mi juicio, de este trabajo, es que en las reseñas de las investigaciones se incluye información sobre la metodología utilizada, el tamaño de las muestras y las definiciones de lactancia materna que se usaron en cada estudio. Así, si bien es claro que la intención es hablar de los beneficios de la leche materna, también distingue en cuáles estudios la evidencia es más significativa y en cuáles hay que tomar en cuenta aspectos que podrían haber intervenido en las conclusiones finales.

Lo cierto es que, en sus casi doscientas páginas, una y otra vez es posible confirmar la tendencia que confirma, estudio tras estudio, que nada puede igualar los efectos positivos de la leche materna tanto en los niños como en sus madres y, más allá, en sus familias y comunidades.

Así, por ejemplo, ante la presión que suele darse, sobre todo en Latinoamérica, para iniciar la alimentación complementaria a los cuatro meses, contrastan los resultados del estudio llevado a cabo por Dewey, Cohen, Brown y otros, en Honduras. En él, compararon los efectos en el desarrollo motor de bebés alimentados exclusivamente con leche materna durante cuatro meses y el de aquellos bebés que continuaron con leche materna exclusivamente hasta los seis meses. De acuerdo con estos autores, los lactantes que recibieron leche materna únicamente durante los primeros seis meses de vida gatearon más temprano, se sentaron solos más rápido y tendieron a caminar a los doce meses de vida, en comparación con los lactantes que iniciaron su alimentación complementaria a los cuatro meses.

Ello me hace recordar los comentarios que recibí, precisamente, entre los cuatro y los seis meses de vida de León. León era un bebé grande y pesado y esto, en lugar de ser una prueba de que la leche materna era todo lo que él necesitaba, era usado para convencerme de que ya necesitaba otro tipo de alimentación y que mi leche ya no le era suficiente. Y, por otra parte, para todos era sorprendente lo rápido que se desarrollaba en sus habilidades motoras: se sentó sin ayuda a los cinco meses, empezó a gatear a los seis, dio sus primeros pasos a los nueve y caminó ya por su cuenta al final de los diez meses.

Los beneficios de la leche materna parecen ser más reveladores en bebés con bajo peso al nacer, como el dirigido por Horwood, Darlow y Mogridge en Nueva Zelanda. En él, se evaluaron las puntuaciones del cociente intelectual de la capacidad verbal y de ejecución, obtenidas con la escala de inteligencia infantil de Wechsler, de 280 lactantes con muy bajo peso al nacer, nacidos en 1986 y evaluados entre los siete y ocho años de edad. La duración de la lactancia materna se asoció significativamente a las puntuaciones del cociente intelectual. Así, por ejemplo, los lactantes amamantados durante ocho meses o más tuvieron en promedio una puntuación del cociente para la capacidad verbal 10,2 mayor y una puntuación del cociente para la capacidad de ejecución 6,2 puntos mayor que los lactantes no amamantados.

Por supuesto que aquí entran una serie de factores socioeconómicos que influyen a nivel perinatal y familiar pero, inclusive tras ajustar los resultados por estos y otros factores, los bebés amamantados por más tiempo registraron mejores puntuaciones.

Otro caso es el estudio de Anderson, Johnstone y Remley, dirigido en escenarios urbanos y rurales de diversos países tales como Reino Unido, Estados Unidos de América, Australia, Alemania, Nueva Zelanda y España, y en el que se usaron pruebas de desarrollo cognitivo como las escalas de Bayley, la prueba de vocabulario en imágenes de Peabody, el índice cognitivo general de las escalas McCarthy y también la escala Wechsler. Según sus resultados, el beneficio medio sin ajuste observado en la puntuación del desarrollo cognitivo correspondiente a la lactancia materna, en comparación con la alimentación con fórmula, osciló entre 5 y 6 puntos. Tras el ajuste –es decir, luego de considerar la influencia de otros factores además de la alimentación–, la diferencia disminuyó a 3,16 puntos, pero permaneció siendo significativa. Y precisamente el grupo en el que se observó el mayor beneficio de la leche materna fue en el de niños y niñas con bajo peso al nacer, y este beneficio se observó más en aquellos niños amamantados por más tiempo.

Los resultados se corroboran en otros estudios llevados a cabo en diferentes países y con diferentes variables, tales como el nivel de educación de los padres, la zona geográfica y el nivel socioeconómico familiar. Con diversas variables, la lactancia materna se sigue asociando con mayores puntuaciones en las escalas de desarrollo mental, y son mayores cuando la lactancia materna continúa ocho meses o más.

Me llama la atención que en los diferentes estudios, los periodos de duración de la lactancia materna no suele distinguir más allá de los ocho meses. Es decir, cada estudio varía en sus categorías de duración, pero se observa consistentemente que todas incluyen una última categoría de N meses/semanas o más que no sobrepasa el año. Ello me lleva a pensar que es muy difícil encontrar bebés amamantados más allá de sus primeros doce meses de vida. Además, la práctica prolongada de la lactancia materna se asocia también a un mayor nivel educativo y socioeconómico de la madre, lo que dificulta la eliminación de factores de confusión no controlados en pruebas de inteligencia en estudios longitudinales.

Así, por ejemplo, el de Rodgers, un estudio prospectivo de una muestra de 5,362 bebés a quienes se les realizó un seguimiento durante quince años, y si bien en este estudio también se asoció la lactancia materna con mayores puntuaciones en pruebas de inteligencia, es difícil establecer un resultado contundente que apunte solo a la lactancia materna cuando ésta está fuertemente relacionada con la educación y el nivel socioeconómico de la madre.

También en Monterrey veo este fenómeno que no deja de sorprenderme, y es que es muy común que la práctica de la lactancia materna se abandone con facilidad en clases sociales bajas. Por supuesto que la falta de información puede jugar un papel determinante pero, dado que la leche artificial conlleva gastos extra en el cuidado de un bebé, resulta extraño que las instituciones públicas de salud no inviertan más en campañas de información y, en lugar de eso, regalen latas de leche en polvo a las madres derechohabientes. El tema amerita más investigación y da para otra entrada.