Y después del destete, ¿qué?

Pues ya han pasado varias semanas desde el destete definitivo, y puedo compartir que nos ha ido muy bien. Luego de esa primera noche difícil para mi hijo, la siguiente fue más fácil y, a la tercera, ya estábamos instalados en una nueva etapa. Tanto, que ante la propuesta de dormir en un espacio propio, aunque dentro todavía de nuestra habitación, lo tomó con buen ánimo. Cada noche es él quien pide que coloquemos su colchón, con su almohada y una sábana que le hizo mi madre cuando él era un bebé. Claro que sólo es por ritual porque, en cuanto queda dormido, abandona almohada y sábana. A veces me pide que le cuente un cuento; otras, que le cante. Y a veces llega ya tan cansado que solo quiere que me acueste con él para caer, tranquilo, en los brazos de Morfeo.

Con sinceridad, era mucho más fácil y rápido que conciliara el sueño con la teta. Hay noches en que batalla en quedarse dormido, pero tampoco tanto como para que signifique un verdadero problema. Pero, vaya, si nos ponemos a comparar, antes todo se solucionaba con la teta, y ahora hay que ser más creativos.

Una cosa que sí noto es que antes él mismo tenía la iniciativa de quedarse a dormir con sus abuelos, y ahora no ha querido hacerlo. Pero también, por otra parte, definitivamente ya no se identifica como bebé, toma distancia de los más pequeños y prefiere ir con los que son un poco más grandes. Inclusive, un día que le dije “mi bebé”, de cariño, me pidió que ahora le diga “mi niño”, porque ya no es un bebé. ¡Plaf!

El destete… ¿qué? ¿Todavía?

Pues sí: hace ya siete meses que escribí mi última entrada, y heme aquí hablando de nuevo sobre destete. Y es que estos siete meses los pasamos igual que cuando escribí: con teta para dormir. Una que otra noche estaba tan cansado que apenas y me tocaba y a dormir. O lo impensable: que tomara y, de pronto, me soltara, me tapara y se durmiera. Lo cierto es que de un par de meses acá ya empezó la cosa a ser incómoda para mí. Mis senos han vuelto a ser considerablemente más pequeños y mi hijo más grande, y eso empezó a provocarme molestias y hasta dolor, sobre todo al inicio y cuando, ya dormido, me apretaba de más. Así que se lo expresé así a mi hijo y le dije que, francamente, yo ya no quería dar teta.

Por supuesto que a él no le gustó la idea: –¡Pero yo sí quiero!–me dijo. Y sentí muy feo. Pero luego pensé que en una relación sana debe ser satisfactoria para ambas partes, y que expresarle mi deseo es también enseñarle que nadie te puede obligar a hacer algo que no quieres hacer, y tampoco chantajearte. Le expresé que entendía que era difícil para él, que entendía que es algo que él disfruta, y que por eso había continuado dándole teta a pesar de que ya me era un poco incómodo, pero que también quería que él me entendiera a mí, y que hiciera la prueba: ya ha dormido sin teta algunas noches cuando se queda a dormir con sus abuelos, ¿por qué no ahora?

No les mentiré: lloró. Lloró y expresó su enojo con patadas a la colcha. Y yo sentí muy feo. Le ofrecí contarle cuentos, abrazarlo, cantarle canciones de cuna. Y al final aceptó eso: abrazos, cuentos y canciones de cuna. Y se durmió.

Así han sido nuestras noches: abrazos, cuentos y canciones de cuna.

El destete

El proceso del destete inicia, según he leído, en cuanto el bebé comienza a consumir otros alimentos. Esto quiere decir que no es un proceso que dure un día, ni siquiera un mes. Aún así, estoy segura de que muchas madres que hemos amamantado, sobre todo aquellas que pasamos los dos años, nos preguntamos cuándo y cómo se dará el destete, el destete final.

León y yo todavía no estamos ahí, pero sí que estamos en una etapa muy próxima.

Ya he escrito antes que jamás me imaginé amamantando después de los dos años, mucho menos después de los tres. Pero llegamos a los tres y, por momentos, me parecía que él mismo me iba a decir “ya no, mamá”. De hecho, lo hizo un par de veces. Un par de veces en que prefirió seguir jugando, o ver videos, o comer o tomar otra cosa. Uno de esos días dijo que quería quedarse a dormir en casa de sus abuelos, y lo hizo sin mayor problema, con todo y que sabía que yo tardaría en regresar por él porque mis horarios de trabajo fuera de casa ya son más amplios.

Pero se quedó y no tuvo mayor problema.

Con todo, había otros días en que parecía justo lo contrario: no deseaba hacer otra cosa que andar pegado a la teta.

De pronto sentí que necesitaba darle un empujoncito. A ver qué tal. Y aproveché las vacaciones de verano, en que estamos juntos todo el día, para proponerle que intentáramos dejar la teta solo para la noche, solo para dormir. Y él aceptó.

No lo niego: ha habido ocasiones en que la tentación de darle teta es mucha. Porque definitivamente no hay nada que tranquilice más y tan rápido que la teta sin importar el estado del niño: enojado, triste, frustrado, con mucha energía, con necesidad de atención, cansado, con hambre, con sed, con sueño, con ganas de aprender algo nuevo, aburrido, recién caído…

De su parte, también ha habido momentos en que manifiesta que lo extraña y me pregunta por qué ya no.

Pero, para mi sorpresa, lo ha sobrellevado bien. Acepta otros alimentos a cambio (por ejemplo, arándanos o fruta en trozos para ver sus videos) y otras bebidas si tiene sed (tés tibios o agua). Yo procuro abrazarlo y acompañarlo mientras consume esos alimentos, porque no quiero que sienta que ya no estaré ahí, quiero que siga sintiendo mi cuerpo. Y acepta juegos cuando lo que tiene es aburrimiento o necesita mi atención.

Creo que a muchos niños les hace falta eso: contacto físico. Incluso niños que parecieran estar en situaciones de privilegio. Como tallerista y como compañera de juegos me ha llamado siempre la atención esa necesidad que tienen los niños de pegarse, de tocarme con su pie, de recargar su cabeza: de tener contacto, en fin.

Creo que nunca se abraza demasiado.

Pero sí que lo he notado más sensible. Llora más cuando se cae o se pega, requiere de más abrazos y besos, está más susceptible a mis estados de ánimo y se preocupa si me nota tensa o triste o molesta, y lo mismo con su padre. Me pide ayuda para cosas que ya hacía solo, como ponerse los zapatos o desvestirse.

Y, por otra parte, he notado lo contento que se pone cuando se da cuenta de que puede hacer algo nuevo o si alcanza lugares que antes no.

Así que bueno, no nos ha ido tan mal.

Llevo dos semanas de volver al trabajo y todo ha seguido más o menos en el mismo tono.

Por lo pronto, creo que me siento más cómoda así. Y me alegra que él también pueda decirme cómo se siente.

 

Amamantar: ¿después de los tres años?

Pues ahora sí he que superado cualquier expectativa y que me he desprendido de cualquier prejuicio que pudiera haber tenido sobre la idea de amamantar a un niño después de los dos años.

Hemos llegado al tercer cumpleaños de León y continuamos con la lactancia materna.

Confieso que sí, que a veces sí digo: ya ha sido suficiente, y que empiezo a tomar algunas medidas para acelerar el destete. Pero lo cierto también es que en realidad, fuera de las miradas inquisidoras y los comentarios de familiares sobre que ya es momento de destetar a ese niño, no tengo ninguna razón personal para destetar.

Las tomas son cada día menores en cantidad y en duración. Amamantar sigue siendo el método más efectivo para que todos tengamos noches de sueño reparador y continuo. Y cada vez que lo amamanto, puedo ver que todo su ser me lo agradece, lo mucho que significa para él, y lo mucho que significa para mí: puedo sentir el efecto de la oxitocina que me calma y me renueva como madre una y otra vez. En suma: puedo ver que a los dos nos hace tanto bien, que no veo razón de ponerle fin a algo tan hermoso y tan benéfico para ambos.

Y aquí seguimos.

Amamantar después de los dos años

Llegaron los dos años y todos, inclusive yo misma, nos preguntamos si León y yo continuaríamos con la lactancia materna. Por mi parte, investigué más a fondo sobre la lactancia después de los dos años y sobre el destete. Quise poner en práctica muchos de los consejos para un destete respetuoso, uno de los cuales propone no negar pero tampoco ofrecer. Sin embargo, en muchas ocasiones me vi a mí misma ofreciendo el pecho: para que se calmara porque estaba muy frustrado o porque estaba muy cansado (en ese cansancio particular de los niños pequeños que parece tener el efecto contrario al esperado). Entonces me relajé un poco y dije: bueno, si nos funciona todavía, sigamos.

Y seguimos.

Entre la primera mitad de este tercer año (de 24 a 30 meses, aprox) la lactancia materna me ayudó a sobrellevar la etapa de los berrinches.

Avanzada ya la segunda mitad (de los 30 a los 32 meses donde estamos), he encontrado que la lactancia se ha vuelto de lo más fácil. Es más, me atrevo a decir que es la etapa más fácil en cuanto a lactancia se refiere: ya no estoy todo el día amamantando, las tomas son cada vez menos frecuentes y de menos duración; mi hijo es capaz de esperarse y de entender si no puedo o no deseo amamantarlo en un momento determinado (porque estoy ocupada o tengo que irme al trabajo –he vuelto al trabajo fuera de casa–, porque no estoy en un ambiente favorable para amamantar en público –y menos a un niño de dos años–, porque traigo una prenda con la que es difícil amamantar, en fin); él mismo propone sustitutos si desea alimentarse o hidratarse pero también desea seguir en alguna actividad, y, sobre todo, es capaz de verbalizar lo que significa la teta para él.

No sé hasta cuándo seguiremos o qué pase mañana, pero cada día que pasa recuerdo lo afortunados que somos de vivir esta experiencia juntos, como familia: papá, mamá y bebé.

Amamantar: tiempo para enamorarse

Celebro nuestros dieciocho meses de lactancia materna.

Definitivamente, existen momentos de tensión, de agobio, de cansancio y hasta de duda en esto de ser padres. Sobre todo el primer mes de vida de mi hijo, recuerdo que había momentos en que me preguntaba si algún día podría hacer otra cosa que no fuera amamantar, recuerdo que había momentos en que me chocaba que, como si fuese a propósito, justo cuando yo tenía hambre mi bebé también, y lo mucho que me costaba regresar a mi plato con los alimentos ya fríos, sobre todo si se trataba del desayuno que muchas veces ya era más bien comida. Recuerdo también esos momentos en que me decía que haría mi mejor esfuerzo por llegar a los seis meses, sólo seis meses, y después ya vería.

Y, pese a lo largos que parecían esos momentos, mucho antes de lo que imaginé amamantar se convirtió en una práctica que me ha dado horas que se cuentan entre las más felices de mi vida.

Amo amamantar.

Ya en otras entradas he escrito que amamantar ha sido, para mí, un tiempo para pensar, un tiempo para enseñar y aprender, y hoy quiero compartir que es también un tiempo para enamorarse. O, mejor, para re-enamorarse.

Ahora que mi bebé entra totalmente en la categoría que en inglés de conoce como toddler, amamantar es un momento de reencuentro y de relajación que disfruto con agradecimiento tanto en los momentos buenos como en los momentos difíciles.

Y es que sí, con un niño que ya puede acceder a prácticamente todos los rincones y cosas, ávido de explorar el mundo y necesitado de atención, por supuesto que hay momentos de agobio en que pareciera que uno no puede dejar de vigilar, de distraer, de mantener un nivel alto de energía y entusiasmo y de decir “¡no!”. Y casi como en automático, mi hijo dice: “¡Teta!”, y al tomarlo en brazos y oler su cabecita, y con el maravilloso efecto de la oxitocina que viene con la leche, recupero el centro, me siento enamorada: es un bebé, es mi bebé. Me necesita. Y yo lo amo.

Y entonces todo vuelve a verse no sólo más fácil o llevadero, sino como lo que es: una maravillosa experiencia, una encantadora oportunidad, un extraordinario reto que exige lo mejor de nosotros mismos.

Sobre el aborto

Cualquiera que tenga un poco de sensibilidad y que se tome el tiempo para escuchar sin prejuicios puede descubrir que las historias de mujeres que decidieron abortar en algún momento de sus vidas pueden estar mucho más cerca de lo que imaginamos. De hecho, la práctica parece ser tan extendida, que podemos encontrar sus huellas en las recetas caseras que existen en tantas culturas -por ejemplo, la gobernadora aquí en Nuevo León-. Es decir, se trata de información que ha pasado generación tras generación, conocimientos compartidos por mujeres, entre mujeres, cuando alguna se encontraba en una situación de auxilio. Contrario a la asociación del aborto con mujeres solteras, y como muchos otros conocimientos femeninos ancestrales, el del aborto pertenece a la esfera de las mujeres casadas y con hijos.

¿Por qué una mujer casada y con hijos se vería en la encrucijada de abortar o no? Las razones pueden ser variadas, pero he encontrado que en el fondo se resumen en que la mujer toma consciencia de que no tiene las condiciones mínimas requeridas no sólo para recibir al nuevo ser sino para criarlo. Estas condiciones incluyen no sólo las que atañen al aspecto financiero, sino también la propia salud de la madre, las condiciones generales del feto, el tiempo (ah, la percepción del tiempo cambia tanto cuando se tiene un niño pequeño, multiplíquenlo ahora por dos o tres o cuatro o nueve niños) y, debe decirse, las ganas de otro bebé, es decir, el aspecto emocional.

En otras palabras, el instinto de la madre le dice que no es una buena idea traer ese bebé al mundo.

Desde un aspecto estrictamente biológico, se sabe que el cuerpo de la madre tarda unos dos años en recuperarse por completo de un embarazo. Si la mujer se embaraza antes de esta recuperación, tiene muchas más probabilidades de tener complicaciones durante la gestación tales como placenta previa, así como falta de nutrientes esenciales para el buen desarrollo del feto (máxime en esos años donde los cuidados prenatales eran prácticamente inexistentes). Aumenta también la probabilidad de tener un parto prematuro y, en general, pone en riesgo la salud de la madre y del bebé.

Y si se están preguntando en este punto cómo es que una mujer con experiencia sobre la concepción puede embarazarse sin haberlo planeado, eso refleja que les hace falta mucho camino por recorrer en lo que a sensibilidad y empatía se refiere. Una de las cosas que le debemos a la revolución sexual fue el control sobre la decisión de cuándo tener relaciones sexuales. Sí: esto quiere decir que nuestras madres, nuestras abuelas y bisabuelas no tuvieron siempre este derecho. Bastante cruel, ¿no es cierto? Y si a ello le sumamos que, luego del embarazo, y sobre todo si se amamanta, la mujer tiene sequedad vaginal, no quiero ni imaginarme lo que debieron sufrir solo porque debían complacer a su esposo (afortunadamente ahora es mucho más fácil no sólo conseguir lubricantes, sino que una mujer manifieste que los necesita… Espero).

Esto significa también que los embarazos no deseados y las violaciones no sólo se dan fuera del matrimonio o son exclusivos de cierto grupo social o generacional.

A lo que quiero llegar aquí es que esas madres que deciden o decidieron que abortar es la mejor opción, guiadas por su instinto, toman una decisión no solo por su propio bienestar, sino por el de sus familias.

Es común que en las discusiones a favor del aborto el principal argumento es que la mujer es dueña de su propio cuerpo y, por lo tanto, las decisiones sobre su cuerpo le competen sólo a ella. Pues bien, yo voy más allá, y creo que estar a favor del aborto es promover una paternidad responsable. Es tener, insisto, un poquito de sensibilidad hacia el otro.

Y creo que esto puede sustentarse desde una perspectiva más integral con los trabajos de John Bowlby (trabajos que, irónicamente, fueron criticados por algunas esferas del feminismo), un psicoanalista inglés, notable por su interés en el desarrollo infantil y sus pioneros trabajos sobre la teoría del apego.

Para muestra, recomiendo leer “Cuidados maternos y salud mental”, una recopilación realizada por Bowlby a petición de la Unicef luego de las guerras mundiales.

A grandes rasgos, lo que Bowlby encuentra es que la presencia constante de la madre, o de un cuidador principal con quien el niño pueda establecer una relación de apego, es muy importante para un óptimo desarrollo general del niño en todos los aspectos, tanto fisiológicos como emocionales, y de ello dependerá su bienestar futuro, paralelamente, tanto en su salud física y mental general como en su capacidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias.
Él resume cómo, en varias investigaciones de diversos países, existe una constante y es que la privación de los cuidados de la madre (sea ésta por fallecimiento, abandono, enfermedad, jornada laboral excesiva o, inclusive, presencia sin un real interés y cuidado en el niño), provoca en el infante deterioros en su salud física, cognitiva y emocional, y afectan, muchas veces de manera irreversible, su capacidad para relacionarse con otros.

Los efectos de la privación materna son más graves cuanto más pequeño es el infante, a pesar de que el bebé no pueda expresarlo y aparente “acostumbrarse” y aceptar pasivamente tal privación.
Bowlby y muchos otros encontraron que esto había en el fondo de cientos de casos de delincuencia juvenil y conductas psicópatas. Y no me refiero con esto sólo a asesinatos o crímenes muy visibles, sino que en general el sujeto pierde la capacidad de establecer relaciones profundas con los otros. En otras palabras, le da lo mismo lo que suceda con los demás. Imaginemos ahora qué pasa si este sujeto tiene una posición laboral cuyas responsabilidades implican tomar decisiones que afectan a otros. Por otra parte, esto me recuerda un caso tratado en Freakonomics que, si bien tiene sus controversias, te pone a pensar.

En todo caso, creo que es necesario distinguir entre un embarazo no planeado de un embarazo no deseado. Aunque abogo por una paternidad planificada, claro que no es lo mismo aceptar con amor la llegada imprevista de un nuevo ser, que aceptarlo por obligación y sin la más mínima intención de cuidar realmente a ese bebé, o con el deseo -inconsciente o consciente- de deshacerse de él a la menor oportunidad. Sea que esto signifique un abandono completo, o algo más sutil como pagar a un tercero para que se ocupe del niño en todo momento y lugar, o el mayor tiempo posible.

Trabajar desde casa con un bebé: algunas buenas prácticas

Recientemente escribí una entrada con un título similar, y me di cuenta al poco tiempo que el título prometía dar consejos o por lo menos hablar un poco más de lo que significa concretamente trabajar desde casa con un bebé o un niño pequeño, y no una reflexión general sobre el tema. Así que aquí va esta entrada para compensar lo anterior.
Como verán, ya casi voy a cumplir año y medio trabajando en estas condiciones, unos meses dedicada enteramente a trabajos del hogar y el cuidado de mi hijo, y otros combinando estas actividades con otras remuneradas. Les comparto algunas prácticas que me han funcionado:

1. No tener horarios. He leído en algunas páginas el consejo contrario, es decir, acatarse a horarios fijos. Creo que esto depende de cada quien. Antes de que naciera León, pese a que mi condición como estudiante de doctorado de tiempo completo me permitía ya el lujo de determinar mi ritmo de trabajo, me funcionaba trabajar con un horario como de oficina. Por el contrario, desde que nació León me funciona más olvidarme, en lo posible, del reloj. Pensar en horarios me estresaba mucho, simple y sencillamente porque era imposible seguirlos. Así que un día decidí que no importaba si mi día empezaba a las nueve o a las diez de la mañana, si me bañaba por las mañanas o por las noches, si el almuerzo casi parecía comida de tan tarde, si un día avanzaba en mi tesis en la mañana y otro en la tarde y otro mañana y tarde y otro sólo prendía la computadora y la dejaba en reposo todo el santo día. Acepté que hay días en que tu hijo te necesita, y otros en los que duerme más o prefiere jugar solo y puedes avanzar en tus otros pendientes.

2. Juntas virtuales. A pesar de que las personas con quienes tenga que reunirme vivan en la misma ciudad, las juntas virtuales me resultan más efectivas. Así, me ahorro el tiempo de los traslados, la estacionada y el que tengo que ocupar para preparar lo necesario para que alguien más se quede con León. De cualquier manera ocupo que alguien lo cuide mientras dura la videollamada, pero es menor y estoy más a la mano en caso de que se requiera. Esto era más necesario los primeros meses en que estábamos con LME, pero como sea es útil. También he notado que la plática del preámbulo dura menos. En cierta forma, esto significa menos socialización con los otros, pero en definitiva suelen ser juntas más efectivas laboralmente hablando.

3. O una cosa u otra. He tenido que aceptar que no se puede todo. Si quiero preparar yo misma desayuno, comida y cena, por ejemplo, tengo que saber que ese día no haré nada de trabajo remunerado. Y al revés, si necesito entregar un trabajo, entonces es preferible comprar comida hecha y simplificar desayuno y cena. Algo similar pasa si mi bebé está particularmente inquieto. He notado que se queda más tranquilo si me ve haciendo limpieza que si me ve delante de la computadora. Así que si un día no me deja hacer nada que implique computadora, mejor lo dedico a limpiar o lavar ropa. O de plano a jugar con él y, de paso, estimular su aprendizaje y enseñarle algunas cosas básicas como guardar los juguetes al terminar de usarlos, o acompañarlo en su proceso de socialización con otros niños de la cuadra.

4. Cambiar de ambiente. He notado también que León suele ponerse más inquieto si pasa mucho tiempo en un lugar, particularmente en la estancia donde tengo mi escritorio. Así que a veces mis actividades se convierten en una especie de rally. Barro aquí, ordeno allá, leo aquí, edito allá. El uso del ipad y de aplicaciones para editar como Pdfnotes, Pages, o para llevar mis documentos simultáneamente como Dropbox y iCloud me han servido mucho.

5. Involucrar a mi hijo en mis actividades. Esto es más fácil, dada su edad, en las tareas de la casa. Y uno tiene que aceptar que su ayuda es, bueno, peculiar. Pero aquí lo importante es hacerlo parte del equipo familiar, y no tanto qué tan bien sacudido queda o si tenemos que volver a barrer.

6. Trabajo en equipo y comunicación. Mi pareja y yo, desde siempre, participamos en todas las tareas y nos ayudamos también en nuestras actividades laborales. Con la llegada de León, durante los primeros meses él básicamente se encargó de la limpieza porque mucho del cuidado del bebé dependía de mí. Pero cumplido un año y sin un trabajo estable, yo sentí que ahora la responsabilidad de la casa era más cosa mía, cosa que me estresaba demasiado. Tuve que aclarar mi mente, identificar por qué sentía esto y, sobre todo, ser muy clara para pedir ayuda. Si uno no dice “necesito que hoy o mañana me ayudes en tal cosa” es difícil que el otro adivine nuestros pensamientos. Ahora hemos vuelto a como hemos sido siempre: los dos colaboramos en lo que se necesita, lo mismo cambiar un pañal que lavar un plato o editar un texto.

7. Ser realista. Esto significa no aceptar más trabajo del que soy capaz de manejar y, de entrada, no aceptar proyectos con calidad de urgente. Suena fácil, pero yo estaba acostumbrada a estar involucrada en muchos proyectos a la vez y, de igual forma, las personas estaban acostumbradas a un ritmo de trabajo de mi parte que ya no me es posible mantener. Así que constantemente tengo que recordar este punto.

8. Dormir bien. Hay personas que pueden dormir cuatro horas y seguir con sus días, pero yo no soy de esas. De nada me sirve pretender trabajar por las noches si al día siguiente voy a estar de mal humor. Entonces, decidí que es mejor tener una mamá descansada. Así, además, soy más productiva y estoy más concentrada en esos minutos en que puedo dedicarme a pendientes laborales.

9. Entender que mi prioridad, en este momento, es mi hijo. Mi hijo llegó porque así lo decidimos y deseamos su padre y yo. Más: cualquier hijo, planeado o no, llega al mundo porque así lo deciden sus procreadores. Uno debe estar consciente del compromiso que adquirimos al decidir traer un bebé a este mundo, y responder a él. En términos prácticos, esto a veces significa rechazar un proyecto tentador y prometedor para nuestras carreras profesionales, pero que sabemos significaría dejar en segundo lugar a nuestra vida familiar. Menos dramático, significa también darme tiempo para llevar a León al parque o, por lo menos, para jugar con él un buen rato todos y cada uno de los días. De esta manera, él también está más dispuesto a tener paciencia y esperar a que llegue el momento de salir a jugar, porque sabe que efectivamente ese momento llegará y no son promesas vacías. Por otra parte, me permite disfrutar libremente, sin culpas ni presiones, la alegría inmensa de compartir estos días con mi pareja y mi hijo.

Trabajar desde casa

Combinar el trabajo con la paternidad no es fácil, en cualquiera de sus combinaciones: sea que uno decida trabajar en la casa, trabajar con remuneración desde casa o trabajar con remuneración fuera de casa. Cada una tiene sus retos, sus altas y sus bajas. Cada una conlleva sus momentos de duda: ¿estaré haciendo lo correcto?

Pero si algo se aprende en esto de ser mamá y papá es que eso de lo correcto… nunca se está seguro de qué es.

Pero henos aquí: hoy mi familia y yo cumplimos dieciséis meses de trabajar desde casa para amamantar y –ahora lo veo– para criar en libertad.

No, no siempre es fácil. Y no, no siempre me siento tan segura de mis decisiones. Pero lo cierto es que esos momentos de duda y de cansancio terminan siempre por reforzar mi convicción de criar a mi hijo yo misma. Y lo cierto es que jamás había tenido tan bajos niveles de estrés en mi vida adulta.

Antes, cuando practicaba Tai Chi, sentía cómo se relajaba todo mi cuerpo y dejaba ir el estrés. Ahora, sólo siento el agradecimiento de mi cuerpo por estirar y fortalecer mis músculos, pero no siento la dureza que antes siempre estaba ahí.

Justo ahora estoy por comenzar una nueva etapa: luego de que este semestre fue de pausas, de trabajos eventuales, de dedicarme mucho más a mi hijo y a la casa, regresan mis ganas de reincorporarme a la investigación y a la creación.

Sí: mi sueño dorado era conseguir una beca para escribir que me permitiera quedarme en casa con León y hacer esas dos actividades que tanto me gustan sin tener que preocuparme por las cuentas por pagar: No quiero nada, ¿verdad? Pero no se dio.

Ahora, si deseo reincorporarme a la investigación tengo que reincorporarme a la academia, y eso significa dar clases. En agosto, si todo sale bien, tendré un grupo en la universidad. Un grupo. Suena poco, pero a veces siento un poco de miedillo de ver cómo será este regreso al mundo laboral más formalmente.

De cualquier manera, mi pareja y yo hemos decidido que continuaremos como hasta ahora: criando a nuestro hijo entre los dos, trabajando desde casa el mayor tiempo posible.

Amamantar: tiempo para aprender

Luego de cumplir el año, León se muestra cada día más interesado por aprender todo del mundo. Uno de sus pasatiempos favoritos consiste en señalar objetos para que su padre o yo le digamos el nombre correspondiente. Y esto lo ha hecho con más insistencia durante sus tomas diurnas y, sobre todo, en la toma antes de dormir.
Como se imaginarán, lo que señala mientras mama son diferentes partes del rostro, ya sea el mío o el de él. Así, a estas alturas ya sabe cuál es la nariz, la frente, los labios, los dientes, la lengua, los pies, las orejas, las mejillas, el cabello, la cabeza, el pecho y el cuello.
Eso me dio una idea para esta entrada: amamantar también es un tiempo para aprender.
Sí: confieso que hay días en que yo misma siento que quizá tengan razón cuando me dicen que amamantar me quita mucho tiempo. Pero hace poco, cuando su abuelo le preguntó dónde está la nariz y él señaló su nariz sin titubeos, la sorpresa del abuelo creció a la par que una sensación de satisfacción y orgullo que, sin duda, muchas madres conocen.
Entonces me doy cuenta de que no es que me quite tiempo, sino que toma tiempo. Pero, caray, ¿que acaso no está en la naturaleza de los niños necesitar tiempo y atención por parte de su cuidador, máxime si son sus padres? Quizá si tomara en biberón podría tumbarse a ver la tele y yo podría hacer otra cosa. Quizás no. Pero quizá también mi hijo requeriría más tiempo y más atención en otros momentos.
Lo que sé ahora es que amamantar, si bien toma su tiempo, me permite aprovechar nuestro tiempo juntos, pues no sólo se trata de alimentar, sino de reforzar nuestro vínculo, de aprovechar cada instante para decirle que lo quiero y, ahora, de redescubrir el mundo junto a él.