¿Para qué un club de lactancia?

Esa fue la pregunta que me surgió cuando supe, en los cursos de psicoprofilaxis, que existían. En cuanto nació mi bebé comprendí para qué.

Yo nunca me había cuestionado sobre la lactancia y, como ya he dicho en entradas anteriores, no hice mucho por investigar antes de dar a luz. Sólo sabía que era lo natural, que mi madre me había amamantado, que mi hermana había amamantado a su bebé y que, vaya, así debía ser. Mi madre nos había contado que ella había batallado mucho para iniciar la lactancia con mi hermana mayor: dolores, incomodidad, parecía que a mi hermana no le gustaba la leche y además perdía peso.

Además estaban otras experiencias cercanas que me hablaban de grietas en los pezones e inflamación en los senos, otras en que no les había salido “ni una gota” o que sus bebés no se prendían al pecho, y otras más en que la madre de un momento a otro dejaba de producir leche o que les habían dicho que sus hijos eran alérgicos a la leche de su madre, con su largo peregrinaje de fórmulas y los consiguientes episodios de cólicos, estriñimiento y dolor para hijo y mamá. Estas historias las he seguido escuchando de muchas madres que, al ver que continúo amamantando a mi bebé de ya siete meses, me cuentan sus propias experiencias  y sus demonios.

A pesar de estas historias nunca me cuestioné qué haría cuando llegara mi turno. Creo que esperaba que el insinto fuese suficiente. Pero al nacer León, lo que sentía contra lo que escuchaba y contra lo que leía empezaron a hacerme regresar a la pregunta: ¿para qué un club de lactancia?

Primero estaba aquello de que León tardaba mucho en comer y comía a cada rato: “mira, no está comiendo, nomás le gusta estar ahí pegado”, “es que a lo mejor tu leche está muy delgada y por eso no se llena”. Yo no sufrí mucho con eso de las grietas, pero sí sentía la hinchazón de mis pezones luego de amamantar al bebé, y un par de veces me sangraron. Mi madre me decía que me sacara un poco de leche y me untara, pero yo no veía que me saliera nada. Lo que hacía era ponerme bálsamo y eso me bastaba. Poco a poco, tanto mi bebé como yo fuimos adquiriendo más destreza y, en una semana, ya no volví a tener ningún dolor.

Luego empezó aquello de “acostúmbralo a la teta“. Pero para ese entonces ya tenía más información sobre la lactancia, y pude constatar todos los obstáculos a las que diferentes madres se enfrentan y por los cuales, muchas veces, terminan abandonando la lactancia materna.

Entonces llegaron los tres meses y, con ellos, el despertar de mi bebé a un mundo nuevo. Sus tres meses coincidieron con visitas familiares, así que había mucho ruido en casa. Resultado: León tomaba el pecho y lo soltaba al cabo de unos segundos; luego volvía a pedírmelo y, al instante, lo dejaba y comenzaba a llorar: “No quiere, mira”, “Déjalo que llore tantito”, “A lo mejor ya no se llena con tu leche”. Pero yo sabía que sí quería comer, y sabía ya que para que exista producción de leche sólo basta que haya estímulo. Así que seguí a mi instinto y buscaba la tranquilidad de mi cuarto: ahí, mi bebé volvía a ser el mismo bebé tranquilo y comía feliz. Armada con la información que tantos grupos de apoyo han puesto al alcance de una búsqueda, supe que estaba pasando por lo que llaman “la crisis de los tres meses“.

Los siguientes meses fueron más tranquilos. Si bien pronto comenzaron los comentarios sobre la alimentación complementaria, tengo la fortuna de que, tanto mis padres como mis suegros, respetan nuestras decisiones sobre crianza. Aún así mi padre -curiosamente- fue el más insistente en que le diera agua, con todo y que le he explicaba una y otra vez sobre la composición de la leche.

Felizmente cumplimos los seis meses de lactancia materna exclusiva, pero a cada paso encontré y sigo encontrando diferentes historias de mujeres que abandonaron la lactancia materna por una u otra razón. Y veo la importancia de las Ligas de la leche y los clubs de lactancia. Ahora miro con más atención a mi alrededor y veo cuan poco común es amamantar y cuántos biberones rodean el mundo del bebé.

Apenas hace unos días salimos al centro de la ciudad y vi a otra mujer dando el pecho, ahí, frente a todos, con suma tranquilidad, mientras veía unas blusas en una tienda. Su bebita era de un mes, a lo sumo. Me dio gusto por ellas. Minutos después León pidió comer y yo hice lo propio, en la misma tienda.

Ahora, a los siete meses y ya con alimentación complementaria, veo venir el cúmulo de comentarios que me esperan en los próximos meses, y sé que se agudizarán luego del primer año. Ya empezó: “dale mejor su papilla primero para que se llene y ya no te pida leche”, “conforme vaya comiendo más alimentos ya vas a ir dejando de darle pecho, ¿no?”, …

Sé que no son comentarios que busquen dañarme a mí o a mi bebé y por eso no me molestan. Por el contrario, me evidencian la falta de difusión sobre todo lo que se sabe ya sobre la leche materna y, de nuevo, por qué son tan importantes en estos tiempos los grupos de apoyo sobre lactancia.

 

Amamantar: tiempo para pensar

Estoy en la recta final para entregar mi tesis doctoral y lograr titularme en diciembre. Todavía no sé si lo voy a lograr pero estoy poniendo todo mi empeño.

Al principio –y todavía hay días así– me preocupaba mucho esos días en que mi bebé parece no querer soltarme, y sentía que no lo iba a lograr. Hoy fui a una asesoría de tesis y mi directora me felicitó por lo mucho que he avanzado con todo y el bebé. Fui también a una junta de mis compañeras de Fractal Editores, una editorial de la cual soy socia fundadora, pero de cuyas actividades me dado auto-licencia por maternidad y tesis.

Eso me hizo pensar que en todo el tiempo que me toma amamantar a mi bebé y el tiempo que le dedico cuando está despierto. Si antes me estresaba mucho, luego descubrí que vale más estar con él mientras está despierto, jugar y explorar el mundo juntos, porque así, cuando tiene hambre, se distrae menos, y su sueño es más profundo, lo que me permite avanzar más en mi trabajo. También descubrí otra cosa cuando me relajé con respecto al tiempo: y es que descubrí que, mientras amamanto a mi bebé, puedo pensar.

Parece cualquier cosa, pero ya desde antes de ser madre había platicado con varios amigos sobre el poco tiempo que, en el ajetrero de la vida diaria, nos damos para pensar, sólo para pensar. Antes de la llegada de mi bebé yo estaba involucrada en muchos proyectos. Por más que intentaba simplificar mi vida, y que periódicamente hacía una revisión para no saturarme, lo cierto es que seguía con muchas ocupaciones. Así que, en términos netos, el tiempo que le estoy dedicando a mi tesis sigue siendo el mismo, o inclusive hasta más, del que le dedicaba antes de que naciera León. Y definitivamente tengo muchísimo más tiempo para pensar.

Pienso en muchas cosas mientras amamanto: en mi bebé, por supuesto, en mi esposo, en mi madre, en mí, en la lactancia. Pienso en mi próxima novela, en un futuro ensayo sobre el miedo al cuerpo, en las investigaciones que quiero hacer luego de la tesis… Pienso en el ser, en la existencia humana. Sobre todo eso: pienso en el ser.