Sobre la alimentación complementaria

Debo empezar por recordar que esto que escribo es producto de mis experiencias y reflexiones personales, y que de ningún modo soy una experta en estos temas.

Justo hace un par de semanas, luego de que mi hijo -ya de trece meses- comía de todo y cada día con mayor apetito, pasó por un periodo en el que sólo quería leche materna, y no aceptaba otro alimento. Me preocupé un poco pues, inclusive en los sitios que promueven la lactancia materna en libertad, leía que, a diferencia de los primeros doce meses de vida del bebé en que la leche materna es su principal alimento, luego del año el niño debe comer más de otros alimentos. Mi preocupación terminó cuando me di cuenta que mi hijo volvía a pedirme otros alimentos, con el mismo interés y apetito que había mostrado anteriormente. Entonces me percaté que la semana en que sólo quería leche había coincidido con eventos extraordinarios: la inflamación de su encía superior por la próxima aparición de los incisivos, una pequeña irritación de garganta por el cambio de invierno a primavera y la alteración de la rutina familiar con más salidas y distracciones que de costumbre.

Esta mañana tengo a los abuelos paternos de visita. A veces me da un poco de pena que lleguen mis padres o mis suegros y vean que vivimos sin horarios, que nos levantamos un poco tarde y que tardamos horas en el desayuno. Y es que, con todo y que mi suegra o mi mamá siempre están dispuestas a ayudar, eso de desayunar y limpiar la cocina con un bebé puede tomar más tiempo de lo que se cree.

Pero hoy caí en la cuenta de lo importante que es tomarse su tiempo, y lo importante que resulta estar en casa con un bebé que apenas está conociendo el mundo y que está en un momento clave en su desarrollo en todos los sentidos.

Y es que hoy, que el desayuno se alargó más de lo acostumbrado, León comió de todo: naranja, papaya, tortilla, barbacoa, aguacate y hasta una galleta. Claro: no se comió todo de una sola sentada. Lo que sucedió es que primero nos vio comiendo fruta y se le antojó, y mientras digería esos alimentos estuvo conviviendo con todos en la mesa. Luego nos percatamos de que no había tortillas y abuela y bebé se ofrecieron a ir –caminando, pues tenemos una tortillería cercana– por ellas. A su regreso, claro, ya le había dado más hambre, y se sentó de nuevo con todos a almorzar.

Caí en la cuenta de que eso es lo que pasa cuando estamos los tres solos en casa. Mi hijo tiene la libertad pero, sobre todo, la oportunidad de que yo o su papá estemos ahí para que nos señale ya su sillita, ya los alimentos, ya el refrigerador. A su modo, nos dice que tiene hambre, y uno puede tomarse el tiempo de prepararle alimentos variados antes de que el hambre se manifieste en llantos o rabietas.

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