Trabajar desde casa

Combinar el trabajo con la paternidad no es fácil, en cualquiera de sus combinaciones: sea que uno decida trabajar en la casa, trabajar con remuneración desde casa o trabajar con remuneración fuera de casa. Cada una tiene sus retos, sus altas y sus bajas. Cada una conlleva sus momentos de duda: ¿estaré haciendo lo correcto?

Pero si algo se aprende en esto de ser mamá y papá es que eso de lo correcto… nunca se está seguro de qué es.

Pero henos aquí: hoy mi familia y yo cumplimos dieciséis meses de trabajar desde casa para amamantar y –ahora lo veo– para criar en libertad.

No, no siempre es fácil. Y no, no siempre me siento tan segura de mis decisiones. Pero lo cierto es que esos momentos de duda y de cansancio terminan siempre por reforzar mi convicción de criar a mi hijo yo misma. Y lo cierto es que jamás había tenido tan bajos niveles de estrés en mi vida adulta.

Antes, cuando practicaba Tai Chi, sentía cómo se relajaba todo mi cuerpo y dejaba ir el estrés. Ahora, sólo siento el agradecimiento de mi cuerpo por estirar y fortalecer mis músculos, pero no siento la dureza que antes siempre estaba ahí.

Justo ahora estoy por comenzar una nueva etapa: luego de que este semestre fue de pausas, de trabajos eventuales, de dedicarme mucho más a mi hijo y a la casa, regresan mis ganas de reincorporarme a la investigación y a la creación.

Sí: mi sueño dorado era conseguir una beca para escribir que me permitiera quedarme en casa con León y hacer esas dos actividades que tanto me gustan sin tener que preocuparme por las cuentas por pagar: No quiero nada, ¿verdad? Pero no se dio.

Ahora, si deseo reincorporarme a la investigación tengo que reincorporarme a la academia, y eso significa dar clases. En agosto, si todo sale bien, tendré un grupo en la universidad. Un grupo. Suena poco, pero a veces siento un poco de miedillo de ver cómo será este regreso al mundo laboral más formalmente.

De cualquier manera, mi pareja y yo hemos decidido que continuaremos como hasta ahora: criando a nuestro hijo entre los dos, trabajando desde casa el mayor tiempo posible.

Amamantar: tiempo para aprender

Luego de cumplir el año, León se muestra cada día más interesado por aprender todo del mundo. Uno de sus pasatiempos favoritos consiste en señalar objetos para que su padre o yo le digamos el nombre correspondiente. Y esto lo ha hecho con más insistencia durante sus tomas diurnas y, sobre todo, en la toma antes de dormir.
Como se imaginarán, lo que señala mientras mama son diferentes partes del rostro, ya sea el mío o el de él. Así, a estas alturas ya sabe cuál es la nariz, la frente, los labios, los dientes, la lengua, los pies, las orejas, las mejillas, el cabello, la cabeza, el pecho y el cuello.
Eso me dio una idea para esta entrada: amamantar también es un tiempo para aprender.
Sí: confieso que hay días en que yo misma siento que quizá tengan razón cuando me dicen que amamantar me quita mucho tiempo. Pero hace poco, cuando su abuelo le preguntó dónde está la nariz y él señaló su nariz sin titubeos, la sorpresa del abuelo creció a la par que una sensación de satisfacción y orgullo que, sin duda, muchas madres conocen.
Entonces me doy cuenta de que no es que me quite tiempo, sino que toma tiempo. Pero, caray, ¿que acaso no está en la naturaleza de los niños necesitar tiempo y atención por parte de su cuidador, máxime si son sus padres? Quizá si tomara en biberón podría tumbarse a ver la tele y yo podría hacer otra cosa. Quizás no. Pero quizá también mi hijo requeriría más tiempo y más atención en otros momentos.
Lo que sé ahora es que amamantar, si bien toma su tiempo, me permite aprovechar nuestro tiempo juntos, pues no sólo se trata de alimentar, sino de reforzar nuestro vínculo, de aprovechar cada instante para decirle que lo quiero y, ahora, de redescubrir el mundo junto a él.

Lactancia materna, crianza y género: a propósito de una campaña

Ya es bien conocida la polémica que desató la campaña del Gobierno del Distrito Federal para fomentar la lactancia materna. En el camino, me tocó escuchar y leer todo tipo de comentarios, desde aquellos que defendían la campaña hasta aquellos, los más, que la criticaban por considerarla machista e irreal. Como madre que amamanta a su hijo desde hace ya quince meses, beneficiaria de La Liga de Leche y colaboradora del sitio lactivistas.org, no puedo ignorar el asunto.

En general, tanto la campaña misma como las críticas que suscitó reflejan la poca información que existe sobre la lactancia materna y todos los mitos que, en cambio, la rodean. Con todo, dos cosas hay que reconocerle a la campaña: logró que se hablara del tema mucho más de lo que se había visto con esfuerzos similares y, aunque no tengo estadísticas al respecto, sí creo que hay más probabilidades de que una mujer joven quiera parecerse a Camila Sodi, por ejemplo, que a una mujer que no conoce y que se ve más o menos como el promedio. Ahora bien, estoy de acuerdo en que uno de los errores de la campaña es que las fotos se prestan a la asociación sexual de los senos femeninos, que es precisamente uno de los grandes tabúes que dan tanta lata cuando se amamanta en público, máxime cuando el lactante en cuestión sobrepasa los doce meses de edad. Mucho pueden aprender de la campaña Be a star, que dirigen mujeres jóvenes en Inglaterra y la cual logra, con mayor éxito en mi opinión, mostrar que amamantar puede tener mucho de glamour y empoderamiento femenino si de eso se trata.

Pero mucho más me sorprendieron las críticas. Mencionaré un par de ellas.

Una de las críticas que más encontré fue el hecho de que la campaña no parecía respetar el derecho que cada madre tiene de amamantar o no a sus hijos, o bien que es una decisión privada que no compete al Estado. Definir dónde está el límite entre lo público y lo privado es peliagudo: pero venga, si se trata de una decisión privada, que sea una decisión informada, y entonces descubriremos que no da lo mismo amamantar que no hacerlo. Podemos empezar tan solo con la amplia recopilación Cuantificación de los beneficios de la lactancia materna: reseña de la evidencia (a la que ya antes he referido), realizada gracias al apoyo de diversas instituciones y organizaciones tales como la Organización Panamericana de la Salud, entre otras, y que, como su nombre lo indica, contiene una serie de reseñas de investigaciones científicas realizadas en diversas partes del mundo sobre los efectos de la lactancia materna en la morbilidad y la mortalidad infantil, el desarrollo intelectual y motor, enfermedades crónicas tales como la diabetes y la hipertensión, la salud de la madre y los beneficios económicos que se asocian con su práctica.

Lo cierto es que, en sus casi doscientas páginas, una y otra vez es posible observar la tendencia que confirma, estudio tras estudio, que nada puede igualar los efectos positivos de la leche materna tanto en los niños como en sus madres y, más allá, en sus familias y comunidades. Quizá para una mujer que esté leyendo estas páginas no queda claro el impacto de la lactancia en la comunidad, pero para estratos sociales más bajos, fomentar la lactancia materna significa una menor tasa de mortandad entre niños menores de cinco años (hasta un 40% de acuerdo con la Unicef), menor frecuencia de enfermedades y alergias y, por lo tanto, menor gasto en visitas a médicos, hospitales y medicamentos, y mayor ahorro en tanto que no se necesita gastar en biberones o leche artificial.

Además, los bebés amamantados en libertad, cargados frecuentemente y que duermen con sus padres, son bebés que tienen un menor riesgo de presentar desórdenes emocionales en su vida adulta.

Existen también otros estudios, como el de Macías-Carrillo y otros autores, que demuestran que un bebé alimentado con biberón tiene mucho más riesgo de padecer diarreas agudas, independientemente del nivel socioeconómico en el que se desarrolle. Esto significa, efectivamente, que alimentar con biberón es un riesgo, sobre todo en los tres primeros meses de vida del bebé. De hecho, existen recopilaciones de estudios sobre los riesgos que conlleva alimentar a un bebé con leche artificial, los cuales incluyen una mayor propensión al asma, a alergias alimenticias, enfermedades respiratorias en general, mayor riesgo de cáncer y otras enfermedades crónicas y menor desarrollo cognitivo.

Cuando la promoción de la lactancia materna se hace desde esta perspectiva, muchas madres que, por diversas circunstancias, no pudieron amamantar a sus hijos suelen sentirse juzgadas. Pero no se trata de un juicio moral: es mera evidencia. ¿De dónde viene la interpretación moral? Me aventuro a pensar que la respuesta tiene que ver con varias estadísticas que aseguran que, si bien la mayoría de las personas consideran que es mejor la leche materna y que la mayoría de las madres desean amamantar a sus hijos, los números caen dramáticamente luego de las seis semanas de vida del bebé, lo que coincide, por otra parte, con la finalización del permiso por maternidad que suele darse en los trabajos formales. Es decir, las madres desean amamantar, pero el ambiente que las rodea no favorece esta práctica: ya sea porque no contaron con el apoyo necesario para superar algunos obstáculos frecuentes (grietas por una mala postura, obstrucciones que derivaron en mastitis, poco aumento del peso del recién nacido por un mal acomodo del bebé, en fin), sea porque se vieron envueltas en mitos (tu leche no lo llena, déjalo llorar, dale un chupón, etcétera), o ya sea porque a su vuelta al trabajo no encontraron facilidades para continuar con la práctica, tales como la falta de lugares y horarios propicios para extraer y almacenar la leche materna.

En este sentido, y concentrándonos en México, si en nuestro país, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública, las enfermedades crónicas tales como la obesidad, la hipertensión y la diebetes aumentan su prevalencia y su porcentaje como causa de mortalidad, mientras que enfermedades asociadas a la desnutrición prevalecen por encima de los niveles observados en otros países con ingreso similar al nuestro, a pesar de los esfuerzos para contrarrestar ambos fenómenos, se espera que se tomen medidas para prevenir tanto lo uno como lo otro.

Entonces, si el Estado promueve campañas pro lactancia materna y legislaciones que la favorezcan, en realidad está haciendo su trabajo: en lo que atañe a la salud pública, por un lado, y protegiendo los derechos laborales de sus ciudadanos, por el otro, específicamente los derechos laborales de las madres.

Otro de los comentarios que leí fue que la citada campaña refuerza la idea de que la crianza es cosa de mujeres, y que deberían informar y promover que los padres alimenten a sus hijos con leche materna extraída. Esta crítica me parece por demás desafortunada. Refleja, a mi juicio, un pobre entendimiento de las necesidades de un bebé y un limitado concepto de familia.

Un bebé no sólo necesita ser alimentado, necesita que lo carguen, que lo bañen, que lo limpien, que le canten, que lo estimulen, que lo acompañen y, luego de los seis meses, que lo inviten a descubrir toda la gama de texturas, sabores y olores que ofrecen otros alimentos. El vínculo afectivo entre el bebé y el cuidador que no amamanta (padre, otra madre, abuelo, abuela, tía, hermano, etc.) puede darse de múltiples maneras.

Y es más, toda la dinámica familiar es mucho más compleja. Daré un caso concreto: en prácticamente todo el primer año de vida de mi hijo, la limpieza de la casa recayó en mi pareja. Esto, que a primera vista parecería no tener nada que ver con la lactancia o la crianza, tuvo un fuerte y positivo impacto en ambos: tuve la fortuna de amamantar con plena libertad, y un ambiente de tranquilidad se refleja en un bebé más tranquilo. En efecto, el estrés en la madre provoca que los niveles de cortisona, la hormona del estrés, suban en el niño, lo amamante o no, porque es un instinto de supervivencia: el bebé desconoce la causa del estrés; para él, la situación estresante significa peligro, y actuará según le dicta su instinto para sobrevivir: hará lo necesario, llorar sin parar si es preciso, para permanecer al lado de su madre o de su cuidador.

Algunas críticas asociaron la lactancia materna y su promoción al refuerzo de ciertos estereotipos sociales, cuando en realidad apoyar a la madre que amamanta implica un mayor involucramiento de la pareja en todo lo que se refiere al cuidado del hogar y la crianza de los hijos, máxime si hay hijos mayores en la familia.

Pensar que el amamantar frena el desarrollo intelectual y laboral de la madre me parece un profundo error y un desconocimiento total de lo que significa e implica su práctica. Y diré más: considerar que la equidad de género y que el desarrollo de la mujer sólo puede darse por la vía laboral restringe el tema a una lógica del capital donde sólo se es valioso si se produce, y si lo que se produce genera riqueza. Vale la pena cuestionarse si no deberíamos empezar a pensar diferente.