Y después del destete, ¿qué?

Pues ya han pasado varias semanas desde el destete definitivo, y puedo compartir que nos ha ido muy bien. Luego de esa primera noche difícil para mi hijo, la siguiente fue más fácil y, a la tercera, ya estábamos instalados en una nueva etapa. Tanto, que ante la propuesta de dormir en un espacio propio, aunque dentro todavía de nuestra habitación, lo tomó con buen ánimo. Cada noche es él quien pide que coloquemos su colchón, con su almohada y una sábana que le hizo mi madre cuando él era un bebé. Claro que sólo es por ritual porque, en cuanto queda dormido, abandona almohada y sábana. A veces me pide que le cuente un cuento; otras, que le cante. Y a veces llega ya tan cansado que solo quiere que me acueste con él para caer, tranquilo, en los brazos de Morfeo.

Con sinceridad, era mucho más fácil y rápido que conciliara el sueño con la teta. Hay noches en que batalla en quedarse dormido, pero tampoco tanto como para que signifique un verdadero problema. Pero, vaya, si nos ponemos a comparar, antes todo se solucionaba con la teta, y ahora hay que ser más creativos.

Una cosa que sí noto es que antes él mismo tenía la iniciativa de quedarse a dormir con sus abuelos, y ahora no ha querido hacerlo. Pero también, por otra parte, definitivamente ya no se identifica como bebé, toma distancia de los más pequeños y prefiere ir con los que son un poco más grandes. Inclusive, un día que le dije “mi bebé”, de cariño, me pidió que ahora le diga “mi niño”, porque ya no es un bebé. ¡Plaf!

El destete

El proceso del destete inicia, según he leído, en cuanto el bebé comienza a consumir otros alimentos. Esto quiere decir que no es un proceso que dure un día, ni siquiera un mes. Aún así, estoy segura de que muchas madres que hemos amamantado, sobre todo aquellas que pasamos los dos años, nos preguntamos cuándo y cómo se dará el destete, el destete final.

León y yo todavía no estamos ahí, pero sí que estamos en una etapa muy próxima.

Ya he escrito antes que jamás me imaginé amamantando después de los dos años, mucho menos después de los tres. Pero llegamos a los tres y, por momentos, me parecía que él mismo me iba a decir “ya no, mamá”. De hecho, lo hizo un par de veces. Un par de veces en que prefirió seguir jugando, o ver videos, o comer o tomar otra cosa. Uno de esos días dijo que quería quedarse a dormir en casa de sus abuelos, y lo hizo sin mayor problema, con todo y que sabía que yo tardaría en regresar por él porque mis horarios de trabajo fuera de casa ya son más amplios.

Pero se quedó y no tuvo mayor problema.

Con todo, había otros días en que parecía justo lo contrario: no deseaba hacer otra cosa que andar pegado a la teta.

De pronto sentí que necesitaba darle un empujoncito. A ver qué tal. Y aproveché las vacaciones de verano, en que estamos juntos todo el día, para proponerle que intentáramos dejar la teta solo para la noche, solo para dormir. Y él aceptó.

No lo niego: ha habido ocasiones en que la tentación de darle teta es mucha. Porque definitivamente no hay nada que tranquilice más y tan rápido que la teta sin importar el estado del niño: enojado, triste, frustrado, con mucha energía, con necesidad de atención, cansado, con hambre, con sed, con sueño, con ganas de aprender algo nuevo, aburrido, recién caído…

De su parte, también ha habido momentos en que manifiesta que lo extraña y me pregunta por qué ya no.

Pero, para mi sorpresa, lo ha sobrellevado bien. Acepta otros alimentos a cambio (por ejemplo, arándanos o fruta en trozos para ver sus videos) y otras bebidas si tiene sed (tés tibios o agua). Yo procuro abrazarlo y acompañarlo mientras consume esos alimentos, porque no quiero que sienta que ya no estaré ahí, quiero que siga sintiendo mi cuerpo. Y acepta juegos cuando lo que tiene es aburrimiento o necesita mi atención.

Creo que a muchos niños les hace falta eso: contacto físico. Incluso niños que parecieran estar en situaciones de privilegio. Como tallerista y como compañera de juegos me ha llamado siempre la atención esa necesidad que tienen los niños de pegarse, de tocarme con su pie, de recargar su cabeza: de tener contacto, en fin.

Creo que nunca se abraza demasiado.

Pero sí que lo he notado más sensible. Llora más cuando se cae o se pega, requiere de más abrazos y besos, está más susceptible a mis estados de ánimo y se preocupa si me nota tensa o triste o molesta, y lo mismo con su padre. Me pide ayuda para cosas que ya hacía solo, como ponerse los zapatos o desvestirse.

Y, por otra parte, he notado lo contento que se pone cuando se da cuenta de que puede hacer algo nuevo o si alcanza lugares que antes no.

Así que bueno, no nos ha ido tan mal.

Llevo dos semanas de volver al trabajo y todo ha seguido más o menos en el mismo tono.

Por lo pronto, creo que me siento más cómoda así. Y me alegra que él también pueda decirme cómo se siente.