Amamantar: ¿después de los tres años?

Pues ahora sí he que superado cualquier expectativa y que me he desprendido de cualquier prejuicio que pudiera haber tenido sobre la idea de amamantar a un niño después de los dos años.

Hemos llegado al tercer cumpleaños de León y continuamos con la lactancia materna.

Confieso que sí, que a veces sí digo: ya ha sido suficiente, y que empiezo a tomar algunas medidas para acelerar el destete. Pero lo cierto también es que en realidad, fuera de las miradas inquisidoras y los comentarios de familiares sobre que ya es momento de destetar a ese niño, no tengo ninguna razón personal para destetar.

Las tomas son cada día menores en cantidad y en duración. Amamantar sigue siendo el método más efectivo para que todos tengamos noches de sueño reparador y continuo. Y cada vez que lo amamanto, puedo ver que todo su ser me lo agradece, lo mucho que significa para él, y lo mucho que significa para mí: puedo sentir el efecto de la oxitocina que me calma y me renueva como madre una y otra vez. En suma: puedo ver que a los dos nos hace tanto bien, que no veo razón de ponerle fin a algo tan hermoso y tan benéfico para ambos.

Y aquí seguimos.

Amamantar: tiempo para enamorarse

Celebro nuestros dieciocho meses de lactancia materna.

Definitivamente, existen momentos de tensión, de agobio, de cansancio y hasta de duda en esto de ser padres. Sobre todo el primer mes de vida de mi hijo, recuerdo que había momentos en que me preguntaba si algún día podría hacer otra cosa que no fuera amamantar, recuerdo que había momentos en que me chocaba que, como si fuese a propósito, justo cuando yo tenía hambre mi bebé también, y lo mucho que me costaba regresar a mi plato con los alimentos ya fríos, sobre todo si se trataba del desayuno que muchas veces ya era más bien comida. Recuerdo también esos momentos en que me decía que haría mi mejor esfuerzo por llegar a los seis meses, sólo seis meses, y después ya vería.

Y, pese a lo largos que parecían esos momentos, mucho antes de lo que imaginé amamantar se convirtió en una práctica que me ha dado horas que se cuentan entre las más felices de mi vida.

Amo amamantar.

Ya en otras entradas he escrito que amamantar ha sido, para mí, un tiempo para pensar, un tiempo para enseñar y aprender, y hoy quiero compartir que es también un tiempo para enamorarse. O, mejor, para re-enamorarse.

Ahora que mi bebé entra totalmente en la categoría que en inglés de conoce como toddler, amamantar es un momento de reencuentro y de relajación que disfruto con agradecimiento tanto en los momentos buenos como en los momentos difíciles.

Y es que sí, con un niño que ya puede acceder a prácticamente todos los rincones y cosas, ávido de explorar el mundo y necesitado de atención, por supuesto que hay momentos de agobio en que pareciera que uno no puede dejar de vigilar, de distraer, de mantener un nivel alto de energía y entusiasmo y de decir “¡no!”. Y casi como en automático, mi hijo dice: “¡Teta!”, y al tomarlo en brazos y oler su cabecita, y con el maravilloso efecto de la oxitocina que viene con la leche, recupero el centro, me siento enamorada: es un bebé, es mi bebé. Me necesita. Y yo lo amo.

Y entonces todo vuelve a verse no sólo más fácil o llevadero, sino como lo que es: una maravillosa experiencia, una encantadora oportunidad, un extraordinario reto que exige lo mejor de nosotros mismos.

Sobre el aborto

Cualquiera que tenga un poco de sensibilidad y que se tome el tiempo para escuchar sin prejuicios puede descubrir que las historias de mujeres que decidieron abortar en algún momento de sus vidas pueden estar mucho más cerca de lo que imaginamos. De hecho, la práctica parece ser tan extendida, que podemos encontrar sus huellas en las recetas caseras que existen en tantas culturas -por ejemplo, la gobernadora aquí en Nuevo León-. Es decir, se trata de información que ha pasado generación tras generación, conocimientos compartidos por mujeres, entre mujeres, cuando alguna se encontraba en una situación de auxilio. Contrario a la asociación del aborto con mujeres solteras, y como muchos otros conocimientos femeninos ancestrales, el del aborto pertenece a la esfera de las mujeres casadas y con hijos.

¿Por qué una mujer casada y con hijos se vería en la encrucijada de abortar o no? Las razones pueden ser variadas, pero he encontrado que en el fondo se resumen en que la mujer toma consciencia de que no tiene las condiciones mínimas requeridas no sólo para recibir al nuevo ser sino para criarlo. Estas condiciones incluyen no sólo las que atañen al aspecto financiero, sino también la propia salud de la madre, las condiciones generales del feto, el tiempo (ah, la percepción del tiempo cambia tanto cuando se tiene un niño pequeño, multiplíquenlo ahora por dos o tres o cuatro o nueve niños) y, debe decirse, las ganas de otro bebé, es decir, el aspecto emocional.

En otras palabras, el instinto de la madre le dice que no es una buena idea traer ese bebé al mundo.

Desde un aspecto estrictamente biológico, se sabe que el cuerpo de la madre tarda unos dos años en recuperarse por completo de un embarazo. Si la mujer se embaraza antes de esta recuperación, tiene muchas más probabilidades de tener complicaciones durante la gestación tales como placenta previa, así como falta de nutrientes esenciales para el buen desarrollo del feto (máxime en esos años donde los cuidados prenatales eran prácticamente inexistentes). Aumenta también la probabilidad de tener un parto prematuro y, en general, pone en riesgo la salud de la madre y del bebé.

Y si se están preguntando en este punto cómo es que una mujer con experiencia sobre la concepción puede embarazarse sin haberlo planeado, eso refleja que les hace falta mucho camino por recorrer en lo que a sensibilidad y empatía se refiere. Una de las cosas que le debemos a la revolución sexual fue el control sobre la decisión de cuándo tener relaciones sexuales. Sí: esto quiere decir que nuestras madres, nuestras abuelas y bisabuelas no tuvieron siempre este derecho. Bastante cruel, ¿no es cierto? Y si a ello le sumamos que, luego del embarazo, y sobre todo si se amamanta, la mujer tiene sequedad vaginal, no quiero ni imaginarme lo que debieron sufrir solo porque debían complacer a su esposo (afortunadamente ahora es mucho más fácil no sólo conseguir lubricantes, sino que una mujer manifieste que los necesita… Espero).

Esto significa también que los embarazos no deseados y las violaciones no sólo se dan fuera del matrimonio o son exclusivos de cierto grupo social o generacional.

A lo que quiero llegar aquí es que esas madres que deciden o decidieron que abortar es la mejor opción, guiadas por su instinto, toman una decisión no solo por su propio bienestar, sino por el de sus familias.

Es común que en las discusiones a favor del aborto el principal argumento es que la mujer es dueña de su propio cuerpo y, por lo tanto, las decisiones sobre su cuerpo le competen sólo a ella. Pues bien, yo voy más allá, y creo que estar a favor del aborto es promover una paternidad responsable. Es tener, insisto, un poquito de sensibilidad hacia el otro.

Y creo que esto puede sustentarse desde una perspectiva más integral con los trabajos de John Bowlby (trabajos que, irónicamente, fueron criticados por algunas esferas del feminismo), un psicoanalista inglés, notable por su interés en el desarrollo infantil y sus pioneros trabajos sobre la teoría del apego.

Para muestra, recomiendo leer “Cuidados maternos y salud mental”, una recopilación realizada por Bowlby a petición de la Unicef luego de las guerras mundiales.

A grandes rasgos, lo que Bowlby encuentra es que la presencia constante de la madre, o de un cuidador principal con quien el niño pueda establecer una relación de apego, es muy importante para un óptimo desarrollo general del niño en todos los aspectos, tanto fisiológicos como emocionales, y de ello dependerá su bienestar futuro, paralelamente, tanto en su salud física y mental general como en su capacidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias.
Él resume cómo, en varias investigaciones de diversos países, existe una constante y es que la privación de los cuidados de la madre (sea ésta por fallecimiento, abandono, enfermedad, jornada laboral excesiva o, inclusive, presencia sin un real interés y cuidado en el niño), provoca en el infante deterioros en su salud física, cognitiva y emocional, y afectan, muchas veces de manera irreversible, su capacidad para relacionarse con otros.

Los efectos de la privación materna son más graves cuanto más pequeño es el infante, a pesar de que el bebé no pueda expresarlo y aparente “acostumbrarse” y aceptar pasivamente tal privación.
Bowlby y muchos otros encontraron que esto había en el fondo de cientos de casos de delincuencia juvenil y conductas psicópatas. Y no me refiero con esto sólo a asesinatos o crímenes muy visibles, sino que en general el sujeto pierde la capacidad de establecer relaciones profundas con los otros. En otras palabras, le da lo mismo lo que suceda con los demás. Imaginemos ahora qué pasa si este sujeto tiene una posición laboral cuyas responsabilidades implican tomar decisiones que afectan a otros. Por otra parte, esto me recuerda un caso tratado en Freakonomics que, si bien tiene sus controversias, te pone a pensar.

En todo caso, creo que es necesario distinguir entre un embarazo no planeado de un embarazo no deseado. Aunque abogo por una paternidad planificada, claro que no es lo mismo aceptar con amor la llegada imprevista de un nuevo ser, que aceptarlo por obligación y sin la más mínima intención de cuidar realmente a ese bebé, o con el deseo -inconsciente o consciente- de deshacerse de él a la menor oportunidad. Sea que esto signifique un abandono completo, o algo más sutil como pagar a un tercero para que se ocupe del niño en todo momento y lugar, o el mayor tiempo posible.